Ser anfitrión de un Mundial implica una presión única para cualquier selección. México, a punto de convertirse en el primer país en organizar tres Copas del Mundo, vivió en carne propia ese reto en 1970 y 1986, cuando la expectativa se tradujo en una de sus mejores actuaciones deportivas.
La historia, además, demuestra que jugar en casa puede ser determinante para el rendimiento de los equipos locales, un antecedente que alimenta la ilusión nacional para 2026.
El futbol mexicano ha evolucionado en cada cita mundialista, reflejando cambios políticos, sociales y deportivos. A menos de un mes de la inauguración de la edición de 2026, el Estadio Azteca volverá a ser epicentro de la fiesta global, con el recuerdo de las gestas pasadas.
El Mundial de 1970 marcó un antes y un después para el país y el balompié nacional.
De esta manera, el legado de 1970 posicionó a México en el mapa mundial y el Estadio Azteca se consolidó a partir de ese día como uno de los recintos más emblemáticos del futbol mundial.
El segundo Mundial en suelo mexicano llegó en medio de dificultades económicas y sociales, pero con un renovado espíritu deportivo.
Así, a edición de 1986 ratificó la fortaleza del Tri jugando en casa y el país se consolidó como referente organizativo, pese a la crisis económica y la presión internacional.
El Mundial 2026 será histórico: México compartirá sede con Estados Unidos y Canadá, y el torneo tendrá 48 selecciones.
En este sentido, la historia demuestra que ser sede es exigente, pero México ya ha probado que en casa puede competir con los mejores y soñar a lo grande.




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