El boleto era de ida y el margen de error, inexistente. A miles de kilómetros de su casa, en un remoto pueblo alemán, un joven argentino sostenía una computadora obsoleta, la billetera con poco dinero y un contrato de trabajo que, en realidad, no era tal. Al bajar del avión descubrió la trampa de la incertidumbre: no había un puesto esperándolo, sino una feroz prueba frente a más de un centenar de jinetes de todo el continente disputándose la misma oportunidad.
Sin dinero para regresar ni teléfono para pedir auxilio, solo le quedaba aferrarse a una vieja máxima de supervivencia: convencer a los demás de que le dieran una sola oportunidad.
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Aquella arriesgada apuesta en territorio europeo no fue un hecho aislado, sino el sello distintivo en la historia de Augusto Caviglia. Con 39 años, este psicólogo y jinete ha construido una trayectoria marcada por el hábito de desobedecer los caminos predecibles. Cuando el título universitario estuvo en sus manos y el mandato familiar le ofrecía la comodidad de incorporarse a la consultora de su madre —una ruta previsible y económicamente resuelta—, Augusto decidió dar el paso hacia el abismo de sus verdaderas ambiciones.
“Era la salida fácil, la seguridad y la lógica porque se trataba de aquello que había estudiado. El camino difícil era seguir empujando una carrera y un sueño deportivo que no había nacido en condiciones de beneficio”, reflexionó Caviglia, en diálogo con TN.
“Yo no nací en una familia hípica. No tuve la posibilidad de tener siempre los mejores caballos cuando crecía para llegar a lo más alto de la carrera. No porque no me los quisieran dar, sino porque es un deporte muy caro y nunca tuvimos dinero en esa escala”, explicó.
Esa urgencia por delinear su propio destino lo llevó a declinar la propuesta materna, en una decisión donde el respeto profesional primó sobre la comodidad: “No era que no me gustara, sino que no me veía trabajando con mi madre. Sentía que siempre iba a estar por debajo de su ala y que no iba a ser un ambiente propicio para desarrollarme”.
La respuesta de su madre no tardó en confirmar la validez del intento: “Ella siempre me dijo una frase de muy chiquitito: ‘El deseo mueve montañas’. Y lo que vio en mi viaje fue eso, mi deseo moviendo montañas. Entendió que era mi recorrido de carrera y que tenía que hacerlo”.
Fue esa misma convicción la que lo sostuvo durante la exigente semana de evaluación en Alemania, de donde salió con el codiciado formulario verde que formalizó su contratación. Tras años de formación rigurosa en el epicentro ecuestre europeo, absorbió una filosofía que transformaría su perspectiva para siempre.
“Allá aprendí un concepto fundamental que no tiene traducción al español: el horsemanship. Implica ser capaz de entender en profundidad todas las esferas del caballo: nutrición, salud, primeros auxilios y cómo es fuera del deporte, no solo saber montar. Hoy cualquier jinete internacional te va a decir que es un atributo mucho más difícil de lograr que llegar a ser un gran jinete”, detalló.
Con ese bagaje bajo el brazo, regresó al país para concretar una postal de la infancia. Compró el terreno lindante al hogar donde creció en Talar de Pacheco —el mismo que contemplaba de chico a través del alambrado imaginando sus propios animales— y comenzó a levantar Momentum desde el barro, levantando pared por pared junto a su padre.
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“Miraba por el alambrado y le decía a mi mamá: ‘ahí un día voy a tener mi caballo’. Compré el terreno y dije: acá voy a hacer mi centro de entrenamiento privado, con la estética y funcionalidad de los centros de Alemania. Fue un ladrillo a la vez, un poste a la vez, con mucha ayuda de mi viejo enseñándome a soldar para ir armando los primeros boxes”, dijo.
El círculo de esa búsqueda personal pareció cerrarse recientemente con un hito inédito para la disciplina a nivel local. Como manager general de Tierra de Vida, lideró al equipo argentino que se coronó campeón sudamericano de caballos jóvenes en Brasil, logrando además un boleto histórico hacia el Mundial de Bélgica.
“Fuimos un equipo argentino integrado enteramente por caballos nacidos, criados y desarrollados dentro de nuestro haras. Logramos salir campeones sudamericanos por primera vez en la historia en Brasil y clasificar al Mundial, donde hace 25 años no participa un jinete argentino, y jamás con un caballo nacido y criado acá”, destacó con orgullo.
Al mirar en perspectiva el mapa de sus propias batallas, Caviglia entiende que desafiar los límites no consiste en alcanzar metas estáticas, sino en saber reescribir el propio rumbo cuando el contexto lo exige.
“Cualquiera que vive de los caballos sabe que debe elegir por lo menos tres actividades: dar clases, gerenciar, vender caballos o competir. Si dependés de una sola, no alcanza. A partir de tres, si las tres empujan bien, se puede vivir bien. Es un gran sacrificio para la familia entender el lugar que ocupa el deporte profesional, pero manteniendo el motor empujando, el sueño se va reescribiendo”, sostuvo Augusto.
“Vos me preguntás hace 20 años cuál era mi sueño y te habría dicho saltar una Olimpiada. Hoy mi sueño es hacer lo que estoy haciendo; los componentes son los mismos, pero el resultado es otro. Sin dinero, probablemente el sueño se transforme, pero eso no quiere decir que sea imposible”, completó.




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