Una nieta se obsesiona con el número que su abuela llevó tatuado en el campo de concentración, en una obra de teatro que ahora es libro. Una escritora mexicana indaga en la pérdida de la lengua materna indígena, y un sociólogo propone formas de pensar el progresismo en la Argentina de hoy. Un repaso por tres obras para todos los gustos.
Se publica en forma de novela esta historia real que fue llevada al teatro en 2018, y ahora repuesta, sobre la abuela de la autora, Esther Cajg judía polaca sobreviviente del nazismo. Un relato sensible y conmovedor que se construye desde la narración del duelo, en una primera persona íntima de la nieta que pierde a su abuela Eye. A quien le habla en segunda, construyendo una especie de diálogo dentro de la narración que hace a la trama. Quien tira de sus hilos es Mariana, esta nieta que a partir de la desolación por la pérdida investiga su historia y origen. Desde el duelo por “mi Baba” con el que será fácil empatizar para todos los lectores hayan tenido vínculos amorosos con sus propias Babas.
En la obra, que puede verse en el Palacio Libertad en funciones especiales de agosto (28, 29 y 30 a las 20), Julieta y su abuela Eye se reencuentran bajo las órdenes de un director de teatro para reconstruir su vínculo y su historia de vida. En el libro, firmado a cuatro manos, hay una historia de una búsqueda más precisa. Un hilo conductor tiene que ver con el número que su abuela llevaba tatuado en el campo de concentración de Auschwitz, uno de los muchos a los que fue llevada. Su nieta quiere recuperarlo para sí: llevarlo tatuado en la piel.
Así se desarrollan los capítulos de este libro ágil, que por momentos se acerca al diario íntimo, con entradas consagradas a encuentros familiares, novio, recuerdos de infancia y adolescencia, presente. Estructurado con el diálogo que su abuela Eye, su Baba, mantuvo con una mujer que la entrevistó en 1996, desde las oficinas de la Fundación Steven Spielberg. Como parte de un proyecto de registro de los testimonios de sobrevivientes alrededor del mundo con historias vinculadas a la Shoá. Por cierto, el abuelo de la narradora, Cajg Szmul, es el sexto nombre que se lee en la lista de Schindler, la verdadera en la que Spielberg inspiró su película.
En ese diálogo en cursiva, al que se suman las charlas con Eugenia Unger, su mejor amiga y también sobreviviente, y con su hermano José, suceden otras formas de la primera persona (las de Eye) desgranan su historia dura con final feliz en la Argentina, donde formó una amorosa familia. Una historia común a muchas que escribieron su segunda parte en este país, y que la mirada amorosa de una nieta rescata aquí para dejar registro. Heredera de su testimonio, como dice en la dedicatoria, le toca impedir que su voz se apague. Haciendo honor a la frase de Primo Levi, único epígrafe: “Comprender es imposible, conocer es necesario”.
La idea de futuro está encerrada en la de progresismo, que implica una forma optimista de mirar la realidad, como una apuesta a su pronta mejoría. En este libro de sesgo urgente, el sociólogo y consultor Hernán Vanoli propone un aporte a la reflexión actual desde su propia identidad progresista, que asume en la introducción. Por cierto, de título elocuente: “¿El progresismo ha muerto? Que viva el progresismo”.
Claro entre el kirchnerismo y Milei, hay mucho para preguntarse acerca de qué fue del progresismo en la Argentina de hoy. Cómo se lo piensa y qué forma adquiere. Por eso abundan las preguntas en este ensayo hecho de diversos ensayos breves con enfoques y temas diversos. “¿Por qué se volvió problemático o difícil definirse como progresista?, ¿Por qué, en algunos contextos, esa palabra se devaluó como si solo nombrara a los biempensantes que miden cada cosa que dicen por miedo a la incorrección política? Está claro que se trata de una identidad en crisis. ¿No será hora de revisarla y volver a llenarla de contenido?”, se lee en la atractiva contratapa.
Un libro que invita a pensar los “puntos ciegos” del progresismo. A saber: la tendencia a demonizar a los empresarios, con Marcos Galperín como ejemplo rey; la mirada condescendiente hacia los pobres, la creencia de que el nacionalismo es reaccionario o la dificultad para comprender (¿conectar?) con las clases medias bajas. Es fácil identificarse con la traza personal que hace el autor acerca de la construcción de su identidad progresista. Ustedes saben: familias argentinas atravesadas por ideologías, polarizaciones y, acaso el enfoque más rico de este trabajo, su relación con lo público, con el Estado.
Profesionales de clase media ascendente con grandes dificultades para construir una relación afectiva con el Estado, esa especie de mal necesario copado por políticos corruptos que destruyeron la confianza y por lo tanto el vínculo con lo público desde un lugar que no fuera para salvarse o aguantar hasta encontrar algo mejor. O como dique de contención de los pobres, para quienes sí es imprescindible. Por cierto, apunta Vanoli, pobres “que votaron a Milei precisamente porque el Estado Militante dejó bastante que desear”.
Consultor experto en estudios de mercado, tallerista de escritura creativa y conductor de un podcast sobre literatura (Desinteligencia Artificial, junto a Marcos Zurita), Vanoli asume que la sociedad argentina tiene un “temperamento liberal silvestre”, y que desde la crisis de 2001 el estilo de vida fue construyendo una doble vara: “la vida privada del progresista promedio como yo se volvía paulatinamente libertaria, mientras su vida social se digitalizar y su vida pública se fosilizaba en rituales cada vez más defensivos”, escribe. Con cierta tendencia hacia la expresión críptica que a menudo obliga a releer sus ideas, como sucede con sus posts en X (ex-Twitter).
“Mi progresismo es una invitación a distinguir entre moral y progreso, entre cultura de izquierdas y progreso, entre republicanismo y progreso, entre liberalismo y progreso, y siempre optar por el progreso”, escribe. Y propone habitar las ruinas del progresismo para recuperar el optimismo dañado. Sin señalar culpables del daño, pues los responsables del declive, afirma, no importan. Quizá es una buena idea para abrir el juego y pensar la realidad argentina sin resentimiento hacia quienes identificamos como ejecutores conscientes de divisiones y siembra de odios. Quizá no haya otra forma de intentarlo que el borrón y cuenta nueva.
En todo caso, aquí están los aportes de este libro en primera persona y con investigaciones de opinión, resultados de focus groups que echan luz, desde enfoques multi disciplinarios, al presente de las clases medias, los tatuajes y su vínculo con lo nacional, la cultura pop nac&pop, los citados empresarios (“El rico y el progre”) o “El pobre y el progre”, que pone el dedo en la llaga de un desencuentro en debate. Todo eso y más con una irreverencia, apuntes personales y sentido del humor bienvenidos, entre tanto tratado del presente insulso y solemne.
Invitada a la última Feria de Editores (FED), la escritora y editora mexicana Socorro Venegas presentó su último libro, publicado por el sello español, muy atento a la literatura latinoamericana, Páginas de Espuma. Un texto breve y sustancioso, bellamente escrito, que funciona como una memoria personal a partir del lenguaje. De las preguntas sobre el idioma que surgen a partir de una primaria, que se lee en la contratapa: ¿por qué yo no hablo la lengua de mi madre?
Lo individual se abre a lo social, claro, en un texto que enhebra imágenes de infancia con la revaloración de las lenguas originarias, y así atraviesa géneros sin pedir permiso. Memoria poética y ensayo, “autobiografía imaginaria” y novela sin ficción, literatura del yo y manifiesto de una resistencia cultural apoyada en una historia de palabras pero también de silencios.
Son los ecos que resuenan en un proyecto que debió ser doloroso de encarar para su autora. El de enfrentar a las mujeres de su línea materna, madre, abuela, tía sordomuda para ahondar en los contornos de una pérdida, la del náhuatl familiar. En un país donde las raíces indígenas se disimulan en pos de un progreso pariente de la supervivencia. Y la pérdida de la “lengua materna” puede funcionar como mutilación de una identidad que se borra sin consentimiento.
“Es un libro que a veces pienso que no lo escribí yo, sino que el libro me escribió a mí”, dijo la autora al periódico digital de su país Agua Quemada. “Es un trabajo con el que fui ahondando en mis orígenes, en profundidades que no había explorado como ahora. En un país racista como México, esa era una lengua indígena que ella entendió desde niña, y que tenía que ocultar. En ese vivir en los márgenes, ocurre prácticamente lo que en todo el país: surgen generaciones que ya no tienen contacto con las lenguas originarias, que desconocen una herencia cultural inmensa. Y creo que eso significa también desconocer a la madre; significa negar esos orígenes, esos ríos profundos que, con este libro, quise hacer emerger”.
Venegas abre su texto con preguntas hacia las mujeres de su familia. Una caja de Pandora que permite asomarse también a la historia de México, a través de la suya. Que se da la mano con las de tantas identidades del mestizaje latinoamericano, con acento en las mujeres. La autora es, por cierto, experta en el tema en conjugación con la literatura, desde proyectos como Vindictas, que creó: una colección de novela y emoria que recupera la obra de escritoras latinoamericanas marginalizadas por el canon del siglo XX.





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