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Heidi Bender, neuropsicóloga: “La sobreestimulación no tiene cura, pero hay maneras de controlarla”

Cuando el ruido, la luz intensa y las multitudes se combinan, el cerebro entra en pánico real. Una neuropsicóloga estadounidense explica por qué los adultos sufren esta sobrecarga sensorial en la vida cotidiana y qué se puede hacer concretamente para recuperar el control.

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Estás en el supermercado un viernes al mediodía. Las luces fluorescentes zumban sobre tu cabeza, la música de fondo no para, hay gente en todos lados, los carritos chocan, los chics gritan, y de pronto los aromas de la panadería se mezclan con químicos de limpieza. El corazón se acelera. Las manos sudan. Querés huir pero no sabés hacia dónde.

Eso que acabas de leer no es dramatismo: es lo que le ocurre al cerebro durante una sobrecarga sensorial. Y ocurre en adultos más a menudo de lo que imaginamos.

“Si bien no existe una ‘cura’ para la sobreestimulación, hay maneras de prevenirla o controlarla”, explica la Dra. Heidi Bender, neuropsicóloga clínica de la Universidad de Cornell, Estados Unidos. La especialista aclara que esto no es debilidad mental ni berrinche: es un colapso neurológico real.

Algunos espacios son pozos de sobrecarga. Los desencadenantes más comunes incluyen:

Lo peculiar es que no todos reaccionamos igual. “Cualquier persona neurodivergente —por ejemplo, aquellas con autismo o TDAH— suele tener más probabilidades de sentirse sobreestimulada, porque sus cerebros ya reciben o responden a mucha información sensorial de forma basal. Se necesita menos información para sobreestimularlos”, advierte la especialista.

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Pero no hay que ser neurodivergente para sufrir esto. Un adulto con estrés acumulado, privación de sueño o hambre es muchísimo más vulnerable. El cuerpo que está “en alerta máxima” se vuelve hipersensible a todo.

“Conocer los factores desencadenantes y estar preparado puede ser de gran ayuda”, subraya Bender. Aplicar estrategias prácticas hace la diferencia:

1. Anticipate. Si sabés que ciertos espacios te disparan (recitales, viajes en hora pico), preparate: auriculares con cancelación de ruido, gafas de sol, un libro para enfocarte.

2. Cuidá lo básico. Dormir suficiente, hidratarse y alimentarse bien no es trivial: son pilares contra la sobrecarga. La fatiga y el hambre multiplican la sensibilidad.

3. Reducí lo innecesario. Desactivá notificaciones del teléfono en casa, apaga la tele de fondo, limitá sonidos repetitivos. Cada pequeño ruido se acumula.

4. Tomate respiros. No esperes a que la crisis llegue. Alejate un momento, respirá, retirate a un espacio tranquilo antes de que se complique.

5. Buscá una distracción consciente. Masticar chicle, leer algo familiar, apretar un juguete antiestrés. Una distracción sensorial o táctil genuina devuelve la sensación de contr

6. Buscá espacios bajos en estímulos. Muchos museos, parques y hasta restaurantes ahora ofrecen “zonas tranquilas” o con baja estimulación. Esos refugios son reales.

7. Sé honesto socialmente. En una reunión abrumadora, está permitido decir: “Esto es mucho para mí ahora. ¿Bajamos la música?”. No es debilidad; es autocuidado.

Para quienes acompañan a alguien en crisis: mantené la calma, sé breve, no hagas preguntas. Solo mencionar: “Parece que estás saturado. ¿Necesitas un respiro?”. Reducir estímulos, no sumarlos, es el objetivo.

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