Walter Melo estaba durmiendo cuando sonó el teléfono. La voz del otro lado hablaba una mezcla de castellano e italiano y, durante los primeros segundos, el llamado le provocó más preocupación que entusiasmo. Hasta que consiguió entender qué querían decirle desde Europa a las 5 de la mañana: había sido seleccionado para presentar sus joyas en Milán.
“Me alarmé porque no sabía de qué se podía tratar. Alguien me dijo que había quedado seleccionado para presentar mis joyas en un evento internacional y que era importante para ellos informármelo de forma personal”, recuerda Walter. Después revisó su correo electrónico y encontró la confirmación que terminaba de despejar cualquier duda.
Leé también: Guido tiene 58 años y volvió a competir en patín artístico: “No voy a dejar de hacer lo que me gusta por el qué dirán”
Desde su taller en Campana, Walter había completado el formulario sin demasiadas certezas. Lo había hecho con la lógica de quien decide intentarlo antes de quedarse preguntándose qué habría pasado. “Dije: ‘Pruebo. Si tengo la suerte de entrar, genial’”, cuenta a TN. Finalmente, entró.
La alegría trajo enseguida otro desafío. Participar significaba llevar hasta Italia las piezas en las que había trabajado durante meses, pero también afrontar pasajes, estadías, inscripciones y traslados.
Walter calcula que el proyecto completo ronda los US$10.000. Hasta ahora consiguió cubrir aproximadamente US$4500 y todavía necesita reunir cerca de US$5000. Entonces aparecieron las ideas.
Con la ayuda de su familia, sus amigos y sus alumnos, Walter comenzó a buscar alternativas para juntar dinero. Aprovechó algunas fechas patrias para preparar guiso de lentejas y mondongo, después hizo empanadas fritas de carne y actualmente organiza una rifa cuyo premio son, como no podía ser de otra manera, piezas realizadas por él.
“Estamos armando este tipo de cosas para juntar dinero y poder aportar un poco más al viaje”, explica. No hay detrás un emprendimiento gastronómico ni un cambio de oficio. Hay algo mucho más sencillo: hacer lo que sea posible para que una oportunidad que llegó desde miles de kilómetros no se pierda por falta de recursos.
La historia de Walter con la joyería empezó mucho antes de que pudiera llamarla profesión. De chico hacía manualidades y buscaba, sin saberlo, un lenguaje propio. Lo encontró fascinado por “el misticismo de las joyas antiguas” y comenzó a aprender de manera autodidacta.
Su mamá todavía conserva el recuerdo material de aquellos primeros intentos. “Me había guardado bolitas de vidrio para jugar, las canicas. Las engarzaba con alambre de florista y las vendía”, cuenta Walter.
Después vinieron las ferias, el intercambio con otros artesanos y la formación. Walter llegó a la Escuela de la Joya, en la Ciudad de Buenos Aires, y aquel oficio aprendido inicialmente por curiosidad empezó a adquirir otra dimensión.
Pasó por distintos talleres, incorporó técnicas y terminó encontrando en el diseño el lugar desde donde quería contar algo propio. Porque para él, una joya no sirve solamente para adornar.
“Es una forma de expresión. La persona que la usa va a demostrar su forma de pensar, su forma de vivir, qué quiere hacer, qué siente”, explica el joyero. Esa concepción atraviesa las dos obras que fueron elegidas para viajar a Italia.
Entre el 24 y el 26 de octubre, Walter participará de Artistar Jewels, uno de los espacios más importantes de la Semana de la Joya de Milán dedicado a la joyería contemporánea. Allí se presentarán, según explicó, diseñadores elegidos de cientos de países.
Una de las piezas que llevará se llama “Descanso”. Está realizada a partir de una hoja esquelética natural que recubrió con cobre y luego bañó en oro. Walter encontró en la fragilidad de esa hoja una idea que iba mucho más allá de su forma: “Me dio la sensación de descanso, de que bueno, ya está, ya pasó todo su tiempo”, explica a TN.
La otra se llama “Apariencias”. Es un anillo con una base de bronce sobre la que incorporó papel, polenta y granos de sal antes de recubrirla con cobre y bañarla en oro.
El contraste forma parte del sentido de la obra. “El oro es importante como un bien material y el alimento también. La polenta y la sal son importantes en sí”, sostiene Melo.
Pero hay una coincidencia que Walter probablemente no imaginó cuando creó esa pieza. Uno de los trabajos que llevará a Milán habla del valor de los alimentos y, tiempo después, cocinar se convirtió en una de las herramientas que encontró para intentar llegar hasta esa exposición.
Cada vez que puede, Walter agradece a su esposa Natalici, a sus hijos, Zoe y Nehuen, y a su padre, Norberto, por motivarlo siempre a seguir. Tampoco estará solo en Italia. Cuatro de sus alumnos decidieron costear sus propios viajes para acompañarlo. Él los define de una manera bastante menos solemne: serán su “hinchada”.
En Campana, enseñar ocupa buena parte de sus días. Muchos de quienes llegan a su taller jamás hicieron una joya. Algunos ni siquiera saben con qué materiales se puede trabajar.
“Arrancan de cero. La mayoría dice: ‘Quiero ver cómo se hace una joya’ y no tiene ni idea”, relata. Después se abre un universo en el que aparecen el metal, la cera, la resina y materiales inesperados.
La enseñanza también modificó su propia manera de trabajar. “Cuando uno enseña aprende mucho también, porque vienen con incógnitas y uno tiene que estar viendo cómo solucionarlas”, reconoce.
Ahora, algunos de esos alumnos estarán al lado suyo cuando las piezas que nacieron en su taller de Campana se exhiban a miles de kilómetros.
Walter todavía tiene cuentas por hacer y dinero por reunir. Por eso continúa con la rifa y con las distintas iniciativas que surgieron alrededor del viaje. Pero Milán ya dejó de ser aquel correo electrónico que abrió después de un llamado inesperado.
Cuando vuelva, espera que la experiencia le permita profundizar una búsqueda que lleva años construyendo. “Me emociona vender mis obras como obra, no como piezas comerciales comunes”, dice. Sueña con galerías, museos y nuevos espacios donde pueda mostrar su trabajo.
Hasta entonces seguirá trabajando en Campana, preparando las piezas y buscando la manera de completar lo que falta. Esta vez, entre las herramientas de joyero, también hubo lugar para una olla: no porque Walter haya cambiado de oficio, sino porque decidió que la plata no fuera la razón para renunciar a la oportunidad más importante de su carrera.







Noticia de TN. Consultá la publicación original para conocer sus actualizaciones.
Leer en TN ↗