En la Viena de comienzos del siglo XX, donde los cafés estaban llenos de músicos, pintores, escritores y hombres que discutían sobre arte hasta el amanecer, había una mujer que parecía haber nacido para estar en el centro de aquella escena. Se llamaba Alma Schindler.Alma era joven, hermosa, inteligente, ambiciosa y tenía algo que, con el tiempo, se convertiría casi en una leyenda: una capacidad extraordinaria para fascinar a hombres talentosos. Pero no llegó a los grandes artistas como una espectadora. Ella también quería crear.Leé también: La hija del zar y un soldado herido: el amor que no pudo ser tras la revolución rusa y la caída del imperioHabía estudiado música, componía canciones y se movía desde muy joven en los círculos culturales de la Viena de fin de siglo. Sin embargo, su vida quedó atrapada en una paradoja que la acompañaría durante décadas: mientras algunos de los hombres que amó alcanzaban un lugar indiscutible en la historia del arte, su propio talento como compositora quedó muchas veces relegado detrás de su vida sentimental.A lo largo de su existencia estuvo vinculada con algunas de las figuras más importantes de la cultura europea: Gustav Mahler, Walter Gropius, Oskar Kokoschka y Franz Werfel. Con cada uno vivió una historia diferente. Un matrimonio marcado por la música y por una condición devastadora. Una relación clandestina que puso en crisis su primer matrimonio. Un romance apasionado que terminó convertido en una de las pinturas más famosas del expresionismo. Y finalmente, un amor con un escritor once años menor que ella, con quien atravesó tragedias familiares, guerras, persecuciones y el exilio.Alma murió en Nueva York en 1964, a los 85 años. Para entonces ya había conseguido algo todavía más difícil que convertirse en musa: su propia vida en una leyenda.Alma Marie Schindler nació en Viena el 31 de agosto de 1879, en una familia relacionada con el mundo artístico. Su padre, Emil Jakob Schindler, era un reconocido pintor paisajista y su madre, Anna Bergen, había sido cantante.La muerte de su padre, en 1892, cuando Alma tenía apenas 13 años, marcó profundamente su adolescencia. Su madre volvió a casarse años después con el pintor Carl Moll, y la joven continuó creciendo en un ambiente donde el arte, la música y la cultura formaban parte de la vida cotidiana.Viena era entonces una ciudad fascinante. Era la capital del Imperio austrohúngaro y uno de los grandes centros culturales de Europa. Por sus calles circulaban Gustav Klimt, Egon Schiele, Gustav Mahler, Arnold Schönberg y una generación de artistas que estaba a punto de transformar para siempre la música, la pintura y la literatura.Alma quería formar parte de ese mundo. Y no solamente como acompañante. Desde muy joven compuso canciones y estudió piano y teoría musical. También conoció a algunas de las personalidades más importantes de la Viena artística. Entre ellas estuvo Gustav Klimt, con quien mantuvo una relación de fascinación durante su juventud. Pero el hombre que cambiaría su vida apareció en 1901. Se llamaba Gustav Mahler.Mahler tenía 41 años. Alma tenía 22. Él ya era una figura consagrada de la música europea: compositor y director de orquesta, había llegado a convertirse en director de la Ópera de la Corte de Viena. Ella era una joven compositora que soñaba con construir su propio camino.La diferencia de edad no fue el único obstáculo. Mahler era un hombre absorbido por su trabajo. Alma, en cambio, quería que su propia música tuviera un lugar.Se enamoraron. Y cuando decidieron casarse, él le escribió una carta que sería recordada durante décadas porque contenía una condición que cambiaría el rumbo de la vida de Alma. Mahler le dejó claro que, si iban a compartir su vida, su trabajo musical sería el centro de la existencia de ambos. El papel de compositor debía ser suyo; el de Alma sería acompañarlo y comprenderlo. La joven quedó conmocionada. Porque ella también había vivido para la música. Finalmente aceptó.+Se casaron el 9 de marzo de 1902. La pareja tuvo dos hijas: Maria, nacida en 1902, y Anna, nacida en 1904. Durante esos años, Alma dejó prácticamente de lado la composición. Décadas después, aquel sacrificio sería una de las grandes claves de su propia vida. Porque Mahler se convirtió en uno de los compositores fundamentales de la historia de la música, mientras las obras de Alma quedaron durante mucho tiempo en segundo plano.Sin embargo, la relación no fue simplemente la de una mujer que renunció a su carrera por amor. Alma tenía una personalidad fuerte y una vida interior intensa. También conocía perfectamente el ambiente cultural en el que se movía su marido. Y poco a poco comenzó a sentirse frustrada. Había dejado de ser compositora. Y quería recuperar una parte de sí misma.En 1907, una tragedia golpeó a los Mahler. Su hija María, llamada cariñosamente Putzi, murió a los cuatro años, víctima de una enfermedad. La muerte de la niña devastó a sus padres. Ese mismo año, además, Mahler había dejado su puesto en la Ópera de Viena después de años de enfrentamientos y controversias. Poco después, la familia comenzó a pasar temporadas en Estados Unidos, donde Mahler había asumido nuevos compromisos profesionales.Pero el matrimonio ya arrastraba sus propias grietas. Y en 1910 apareció otro hombre. Un arquitecto alemán llamado Walter Gropius.El encuentro ocurrió en el verano de 1910, durante una estancia de Alma en Tobelbad, donde había ido a descansar. Gropius tenía 27 años. Alma, 30.El arquitecto quedó fascinado con ella. Y ella también con él. La relación comenzó mientras Alma todavía estaba casada con Mahler. Pero la historia estuvo a punto de ser descubierta por un error casi cinematográfico.Gropius escribió una carta de amor dirigida a Alma. Pero se equivocó. En lugar de enviársela a ella, la carta llegó a manos de Gustav Mahler. De pronto, el compositor tuvo delante la prueba de que otro hombre estaba enamorado de su esposa.La crisis fue tremenda. Mahler recurrió incluso a Sigmund Freud, con quien se encontró en Leiden, en los Países Bajos, en agosto de 1910, para hablar sobre su matrimonio y sus conflictos personales.Mahler no llegó a ver en qué terminaría aquella historia. En febrero de 1911 comenzó a sufrir fuertes dolores de garganta y fiebre. Los médicos descubrieron que padecía una endocarditis bacteriana causada por estreptococos, una infección que había alcanzado las válvulas de su corazón enfermo. No existían antibióticos para combatirla. Después de intentar tratarlo en Nueva York y París, fue llevado a Viena. Murió el 18 de mayo de 1911, a los 50 años. Alma tenía 31. Y entonces su vida amorosa entró en una etapa todavía más vertiginosa.Después de la muerte de Mahler, Alma volvió a acercarse a Walter Gropius. Pero en 1912 apareció otro artista: Oskar Kokoschka era pintor, poeta y dramaturgo. El austríaco tenía 26 años y una personalidad tan intensa como sus obras. Con Alma vivió una relación apasionada, turbulenta y cargada de celos.Se conocieron en Viena y él quedó fascinado desde el primer momento. Kokoschka la pintó. La dibujó. La convirtió en una presencia permanente de su obra. Y también quiso casarse con ella.Alma, sin embargo, no aceptó. Durante tres años, su relación estuvo marcada por encuentros apasionados, discusiones y reconciliaciones. Kokoschka tenía una personalidad posesiva y la relación se volvió cada vez más tormentosa. Pero el romance dejó una huella inmortal en la historia del arte.En 1913, Kokoschka pintó “Die Windsbraut”, conocida en español como “La novia del viento” o “La tempestad”. En el cuadro aparecen los dos amantes acostados juntos en medio de una noche turbulenta. Él parece inquieto. Ella, en cambio, descansa a su lado. La pintura terminó convirtiéndose en una de las imágenes más famosas asociadas a aquella relación.Pero la historia entre ambos no podía durar. Alma quedó embarazada de Kokoschka y decidió interrumpir el embarazo. La ruptura fue definitiva para el pintor. Kokoschka quedó devastado. Y cuando Alma volvió a elegir a Walter Gropius, la pérdida terminó de quebrarlo.El artista llegó incluso a encargar años después una muñeca de tamaño natural que debía representar a Alma. Quería reproducir hasta sus características físicas. La muñeca terminó destruida durante una fiesta en 1920. Era difícil imaginar una forma más extraña de conservar a una mujer que ya no estaba a su lado. Pero Alma había seguido adelante.En 1915, Alma y Walter Gropius se casaron. Él era ya una figura importante de la arquitectura y años después fundaría la Bauhaus, una de las escuelas artísticas más influyentes del siglo XX.Alma se convirtió entonces en Alma Mahler-Gropius. En 1916 nació su hija Manon. La niña sería adorada por su madre. Pero el matrimonio tampoco conseguiría sobrevivir. Porque mientras Gropius estaba destinado en el contexto de la Primera Guerra Mundial, Alma conoció a un joven escritor. Su nombre era Franz Werfel. Y tenía 27 años. Alma tenía 38.Werfel era poeta y escritor. Había nacido en Praga y formaba parte de una nueva generación de escritores de lengua alemana. En 1917 llegó a Viena destinado al área de prensa del ejército. Fue allí donde conoció a Alma, viuda de Mahler y todavía esposa de Gropius.Ella ya había leído y musicalizado uno de sus poemas. Entre ambos nació una relación que rápidamente dejó de ser una amistad intelectual. Se enamoraron. Y nuevamente Alma quedó atrapada entre dos hombres. Pero esta vez el romance tuvo consecuencias irreversibles.En 1918 quedó embarazada de Werfel. El hijo nació prematuramente y recibió el nombre de Martin, aunque legalmente llevó el apellido Gropius. El niño murió en mayo de 1919, cuando tenía unos meses. Leé también: Le ofrecieron salvarse si delataba a sus compañeros, pero siguió fiel a los ideales de su esposo: la historia de Mariana PinedaLa tragedia atravesó a todos. Y poco después terminó definitivamente el matrimonio entre Alma y Gropius. El divorcio se hizo oficial en 1920. Alma y Werfel, sin embargo, no se casaron inmediatamente. Pasaron años juntos antes de dar ese paso.Finalmente, el 6 de julio de 1929, Alma y Franz Werfel se casaron. Él tenía 38 años. Ella, 49. Esta vez, parecía que Alma había encontrado al hombre con quien permanecería hasta el final.Durante los años veinte y treinta, Alma y Werfel construyeron una vida alrededor de la literatura, la música y el arte. La casa de Alma en Viena se convirtió en un verdadero centro de reunión cultural. Por allí pasaron artistas y escritores de enorme importancia: Thomas Mann, Arnold Schönberg, Alban Berg, Bruno Walter, Oskar Kokoschka y muchas otras figuras de la cultura europea.Alma sabía moverse dentro de ese universo. Organizaba encuentros, recibía artistas, hablaba de música y literatura y mantenía una extensa red de relaciones. Su propia casa era, en cierto modo, una prolongación de aquella Viena cultural que comenzaba a desaparecer. Pero la historia europea estaba cambiando. Y muy pronto el peligro alcanzaría también a los artistas que la rodeaban.En 1935, Alma sufrió otra de las pérdidas más dolorosas de su vida. Su hija Manon, fruto de su matrimonio con Walter Gropius, murió a los 18 años después de enfermar de poliomielitis. La tragedia afectó profundamente a Alma y también a Franz Werfel. El compositor Alban Berg, muy cercano a la familia, comenzó a trabajar en una obra que quedaría asociada para siempre a la memoria de la joven. Era su Concierto para violín, dedicado “a la memoria de un ángel”. Manon se convirtió así, después de su muerte, en una presencia dentro de una de las obras más conmovedoras de la música del siglo XX.Alma ya había perdido a una hija. Había perdido a un hijo. Había perdido a su primer marido. Y ahora también a Manon. Pero todavía quedaba otra tragedia por enfrentar.En marzo de 1938, Adolf Hitler anexó Austria a la Alemania nazi. Para Alma y Werfel, la permanencia en Viena se volvió peligrosa. Werfel era judío. Alma y él abandonaron Austria y comenzaron un largo recorrido de huida por Europa.La pareja atravesó Francia y, después de la invasión alemana, logró escapar hacia el sur. Con ayuda de personas que participaron en redes de rescate, consiguieron atravesar los Pirineos y llegar a Portugal. Desde allí viajaron a Estados Unidos. Finalmente, en 1941, Alma y Werfel se instalaron en California.La Viena de su juventud quedaba definitivamente atrás. También había quedado atrás aquella casa donde durante años se habían reunido escritores, músicos y artistas. El mundo que Alma había conocido estaba desapareciendo.Franz Werfel murió en 1945, en Los Ángeles. Tenía 54 años. Alma tenía 65. Habían compartido casi tres décadas de una relación marcada por el amor, la literatura, la tragedia, el exilio y las guerras. A diferencia de sus otros vínculos, Werfel permaneció a su lado hasta el final de su vida. Después de su muerte, Alma continuó viviendo en Estados Unidos. Siguió recibiendo artistas e intelectuales y permaneció conectada con el mundo cultural europeo. Pero también comenzó a construir algo más poderoso: su propio relato.Durante mucho tiempo, la historia de Alma Mahler quedó reducida a sus relaciones con hombres famosos. Pero existe una parte de su vida que merece ser recuperada: Alma también era compositora.Antes de conocer a Mahler había estudiado música y escrito canciones. Durante su matrimonio con él abandonó la composición, tal como había aceptado después de aquella famosa carta de 1901. En 1910, Mahler incluso impulsó la publicación de cinco de sus canciones. Y en 1924, años después de su muerte, Alma publicó otro grupo de cinco canciones, conocido como Fünf Gesänge. Una de ellas estaba basada en un poema de Franz Werfel que ella había musicalizado antes de conocerlo personalmente.Es decir que la compositora no había desaparecido completamente. Había quedado escondida detrás de la esposa, la amante y la musa. Y quizá esa sea una de las grandes contradicciones de su historia. Alma pasó la vida rodeada de hombres que creaban. Pero ella también había creado.Durante sus últimos años, Alma escribió sobre Gustav Mahler y sobre su propia vida. Sus memorias tuvieron una enorme influencia en la imagen que durante décadas se tuvo del compositor. Ella había sido su esposa. Había vivido junto a él. Había conocido sus intimidades. Y por eso sus recuerdos fueron considerados durante mucho tiempo una fuente privilegiada.Sin embargo, hubo contradicciones, exageraciones y problemas de fiabilidad en algunos de sus relatos. Mucho de lo que Alma contaba correspondía a la interpretación que ella había construido con el paso del tiempo. Era una última forma de poder. Durante décadas, había sido observada por los hombres. Ahora era ella quien contaba la historia.¿Musa, amante o artista? Quizás ninguna de esas palabras alcanza para explicar quién fue Alma Mahler. Su vida estuvo atravesada por una pregunta que todavía resulta incómoda: ¿Qué habría ocurrido con Alma Schindler si, en lugar de convertirse en la esposa de Gustav Mahler, hubiera tenido la libertad de ser plenamente compositora?Cuatro hombres. Cuatro mundos. Cuatro historias de amor. Y en el centro de todas ellas, una misma mujer. Alma, la joven que quiso ser compositora y terminó convirtiéndose ella misma en una leyenda.---------------------------Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinskyAmores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.
Noticia de TN. Consultá la publicación original para conocer sus actualizaciones.
Leer en TN ↗
