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DEPORTES / TN

Fue campeón en Boca con Riquelme y Palermo y ahora atiende un almacén en un pueblo de 150 habitantes: “Aprendí a vivir de nuevo”

Carlos Fondacaro dejó atrás el fútbol profesional y eligió una vida tranquila junto a su familia en Santa Fe. Además del comercio, tiene un bar y disfruta de la huerta, el campo y los partidos con el equipo de su pueblo.

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Para muchos, el éxito en el fútbol profesional representa la cima de la realización personal. Sin embargo, para Carlos Fondacaro, exjugador de Boca y con paso por Europa, la verdadera felicidad no se encontraba en su cuenta bancaria, sino en la tranquilidad de un pequeño paraje rural.Hoy, alejado del ruido y de las presiones de la alta competencia, “Fonda” (como lo llaman sus amigos) vive una realidad completamente distinta en Loma, un pueblo de apenas 150 habitantes ubicado en la provincia de Santa Fe, entre Hessler y Gálvez, sobre la Ruta 10. Allí, junto a su esposa y sus hijos, le dice a TN que aprendió a “vivir de nuevo”.El día a día de Carlos dista mucho de las concentraciones y los entrenamientos de doble turno de su juventud. “Mi día normal de todos los días es levantarme temprano, darle de comer a las gallinas, prestarle atención a la huerta, y después llevar a mis hijos al colegio, para lo cual viajo 12 kilómetros todos los días”.Al regresar, comparte una caminata de una hora por el campo con su esposa y sus perros antes de abrir las puertas de sus emprendimientos familiares: un almacén y un barcito que inauguró hace un año y medio.Esa cantina se transformó en un punto de encuentro para los locales y para viajeros, ciclistas y motoqueros que transitan por la zona. Con una propuesta gastronómica totalmente casera, que incluye minutas, milanesas, sándwiches, empanadas y pizzas amasadas en el momento con albahaca fresca de su propia huerta, el lugar fue ganando popularidad. Además, el verano pasado sumaron una parrilla. Gracias a la autorización de la presidenta comunal, pueden colocar mesas al aire libre en la calle, frente a una plaza donde los niños juegan sin el peligro del tráfico.La solidaridad ciudadana también fue clave en esta nueva etapa: “Los vecinos son increíbles. Venían y me decían: ‘Carlos, vamos a hacer el quincho, vamos a levantarlo, comprá materiales que nosotros te ayudamos’”.Fondacaro llegó a la pensión de Boca a los 15 años, compartiendo el sueño de llegar a Primera División con otros 90 jóvenes. Para las temporadas 2007 y 2008, ya formaba parte de un plantel plagado de estrellas que se había consagrado campeón de América.Al recordar aquellos años, evoca la timidez y el profundo respeto que sentía al compartir el vestuario con figuras de la talla de Juan Román Riquelme y Martín Palermo. “Tener semejante figura delante tuyo te da una sensación rara de respeto, de no querer molestarlo. Tenía el contacto de Román y me daba vergüenza escribirle”, reveló.Al ser consultado sobre la mítica división en el vestuario entre las facciones de Riquelme y Palermo, Fonda es categórico: “Siempre vi una situación de respeto mutuo, nunca vi un enfrentamiento, nunca vi nada fuera de lo normal más que cosas de fútbol. Había mucho respeto”.Su salida del Xeneize se debió a la búsqueda de continuidad, en un momento donde competir por el puesto de lateral izquierdo o derecho implicaba relegar a históricos como Hugo Ibarra, Clemente Rodríguez o Claudio Morel Rodríguez. “Había un profe, Carlos Borzi, que me dijo algo que me quedó grabado: ‘Cuando te vayas de Boca te vas a dar cuenta de dónde estabas’. Uno cuando es chico no se da cuenta, yo quería jugar y ya había tocado Primera”.Su carrera también lo llevó al fútbol europeo, donde jugó en Grecia y Finlandia. De su paso por el país nórdico, en el club FF Jaro, Carlos atesora una de las anécdotas más curiosas de su carrera, que refleja el choque cultural con Sudamérica.“En el primer partido de local en Finlandia, los hinchas tiraron papelitos que en realidad eran cintas de tela. Yo veía que volaban y, de repente, veo que las estaban juntando del suelo. Las volvían a enrollar para guardarlas para el próximo partido. Tienen un nivel que es para sacarse el sombrero”. A pesar de tener la oportunidad de quedarse allí, el deseo de regresar a su país y estar cerca de los suyos pesó más.Aunque hoy prioriza su vida familiar, Fondacaro todavía no colgó los botines de forma definitiva. Todos los sábados disfruta de jugar al fútbol en la Liga Kadafi, una competencia local de fútbol 9 donde juega para el equipo de su pueblo: Loma Alta FC.Allí vivió una situación particular el torneo pasado cuando, por necesidad del equipo, terminó jugando como arquero los últimos seis partidos. La experiencia no pudo ser mejor: se consagraron campeones y el pueblo entero lo festejó. “Hicimos un video con saludos de los familiares antes de jugar la final. Ver esas caras... hay cosas que no se pagan con nada. Estaba casi todo el pueblo viendo ese partido”. Actualmente, el equipo compite en la primera división de la liga y marcha puntero.A pesar de haber conocido el éxito deportivo y la estabilidad económica, Carlos Fondacaro asegura que hoy es “mucho más feliz” que cuando jugaba profesionalmente. No extraña los lujos ni aspira a tener autos de alta gama; de hecho, se moviliza orgulloso en un auto modelo 1991.“Hoy no me hace feliz subirme a un BM. Me da felicidad compartir esos viajes de 12 kilómetros diarios con mi esposa charlando, sin teléfono, disfrutando del viento”. Para él, la verdadera riqueza radica en que sus hijos puedan jugar a las escondidas o a la pelota en la plaza, tal como se hacía antes. “El consumo llevó a la gente a estar pendiente de un montón de cosas. Nosotros elegimos vivir otra vida, valorar cada charla, cada almuerzo y cada cena en familia. Lo sencillo es un montón”.

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