En una casa de González Catán, entre panes, planchas calientes y conservadoras listas para salir a la calle, Gonzalo Romero construye algo más que un emprendimiento. Tiene 19 años, trabaja junto a su hermano Sebastián y cada hamburguesa que vende lo acerca un poco más a un sueño que arrastra desde chico: estudiar cine y convertirse en director. Lo que empezó como una salida para conseguir plata se transformó en un proyecto familiar que crece a fuerza de trabajo, creatividad y perseverancia. “Salgo a vender hamburguesas a la calle para poder cumplir mi sueño de ser director de cine”, dijo Gonzalo a TN. Detrás de esa frase hay una búsqueda que empezó mucho antes de que naciera “Al Paso Hamburguesas”, el emprendimiento que hoy comparte con su hermano.Leé también: Tiene 18 años, es el relojero más joven del país y construyó un imperio a metros del Obelisco: “Gasto $200 mil en comida por día”Desde los siete años, Gonzalo encontró en la creatividad una forma de expresarse. Primero escribió cuentos; después quiso ser youtuber, aprendió diseño gráfico, edición de video y, más adelante, se acercó a las cámaras. Aprovechaba cada oportunidad para sacar fotos, trabajar en eventos y ganar experiencia. Incluso intentó montar una agencia de marketing con Sebastián cuando todavía era adolescente, aunque el proyecto no prosperó.“Me encanta contar historias, me encanta compartirle lo que siento a la gente mediante imágenes. Es algo que realmente me gusta mucho. Siempre fui el creativo de la familia, el que andaba con ideas locas. Y siento que en el cine podría explotar mucho más eso”, contó Gonzalo.El problema era cómo pagar los estudios. Gonzalo quiere ingresar a la Universidad del Cine (FUC), pero los costos representan un desafío para su familia. Según explicó, tanto la matrícula como la cuota mensual rondan el millón de pesos por mes. Su objetivo no era solamente anotarse, sino conseguir cierta tranquilidad económica para dedicarse a la carrera sin tener que trabajar una jornada completa después de cursar.“Mi prioridad es poder estar tranquilo mientras estoy estudiando, no tener esa pesadez de decir ‘termino de estudiar y tengo que irme a trabajar ocho horas’. Entiendo que es muy difícil porque la universidad a la que necesito ir es muy cara. Si consigo un trabajo que me solvente eso por mes, no podría dedicarle el tiempo que necesito al estudio”, explicó.La idea de vender hamburguesas apareció en un momento difícil. En abril de este año, Gonzalo estaba sin trabajo y sentía que, pese a todos sus intentos, no lograba encontrar una manera de financiar su proyecto. En un cuaderno de su habitación dejó escrito un pensamiento que todavía recuerda: “Soy un inútil, me siento un inútil”.“Tenía esa necesidad de poder salir adelante. Intentaba de mil maneras y no me salía ninguna. Surgió lo de las hamburguesas más que nada por necesidad, porque yo tenía ese anhelo de hacer algo, de encarar a la gente, de buscar un negocio que me sirviera”, relató.En ese momento trabajaba como ayudante de albañil. Con los pocos ahorros que había conseguido, fue a una distribuidora, hizo cuentas y compró mercadería. No tenía un gran plan ni demasiada experiencia en gastronomía: tenía una caja con 40 hamburguesas, papel para envolverlas, servilletas y muchas ganas de probar.“Agarré lo poquito que había ahorrado y dije: ‘Ya está’. Fui, gasté todo y compré mercadería. Fue de un día para el otro. Llegué a casa y les conté a mis viejos que al día siguiente iba a salir a vender hamburguesas. Mi mamá me decía que no se iban a vender, que buscara otra cosa. No era porque no confiara en mí, sino porque, como mamá, quería verme bien”, recordó.La primera jornada le dio una respuesta que no esperaba. Salió con una conservadora cargada y se puso a ofrecer el producto a cada persona que pasaba. En menos de una hora había vendido todo.“No hubo una persona a la que no le hablara. A todos les decía que tenía un emprendimiento y que era para pagarme los estudios. Les pasaba mi contacto, el Instagram. Cuando terminé de vender estaba contentísimo, quería casi llorar de la felicidad. No lo podía creer”, cuenta. Con el dinero que había recaudado hizo lo que se convertiría en una regla del negocio: reinvirtió para comprar más mercadería y volver a salir al día siguiente.Al principio, la producción se hacía en la cocina familiar, en un espacio chico y con una plancha que había fabricado su papá, que trabaja como herrero. Mientras el resto de la familia se preparaba para ir a la escuela o al trabajo, Gonzalo intentaba cocinar, cortar los panes y organizar los pedidos.“Arranqué en una cocinita chiquita, con una planchita que mi viejo tenía en el taller. La limpié, la restauré y empecé a usarla. Era todo muy incómodo, me pasaban todos por al lado, pero hacía lo que podía para entregar un buen producto”, contó.La demanda empezó a crecer y una sola persona ya no alcanzaba para preparar todo. Fue entonces cuando Sebastián se sumó al proyecto. Los hermanos, que durante años habían tenido dificultades para trabajar juntos, descubrieron que sus diferencias podían jugar a favor del negocio.“Somos completamente distintos: él tiene un perfil más lógico, más técnico, y yo soy más creativo. Antes pensábamos que nunca íbamos a poder trabajar juntos. Cuando se sumó, entendí que no era algo malo que fuéramos distintos, sino que nos complementábamos. Él llena la parte que yo no puedo y viceversa”, explicó Gonzalo.Con el crecimiento llegaron los proveedores, las compras semanales y un espacio de trabajo más amplio, armado por ellos mismos en la terraza de la casa. Junto a sus padres, construyeron mesas, hicieron instalaciones y fabricaron equipamiento para mejorar la producción. Hoy preparan entre 800 y 1000 hamburguesas por semana.La rutina empieza temprano. Se levantan alrededor de las 6.30, cortan los panes, preparan la carne y cocinan en cantidad. Después envuelven las hamburguesas para conservar el calor y cargan las conservadoras en los carritos. Gonzalo vende en San Justo y Sebastián suele hacerlo en Laferrere. Cada uno sale con entre 80 y 120 unidades, aunque no siempre logra venderlas todas.“Hay días en los que vendemos todo y otros en los que me fui a las siete de la noche y todavía me quedaban hamburguesas. La idea es vender todo y nos quedamos hasta el final. No me quiero ir hasta que no venda todo”, afirma.Las hamburguesas son simples, con dos fetas de queso cheddar, y cuestan $3000 cada una o dos por $5000. Se pueden pagar en efectivo o por transferencia. El emprendimiento también busca ampliar su oferta: están probando recetas para sumar papas fritas y, más adelante, incorporar bebidas.Vender en la calle no siempre es sencillo. Además del esfuerzo físico y las largas jornadas, Gonzalo debe enfrentarse a las negativas, a los malos tratos y a los prejuicios hacia quienes ofrecen productos de manera ambulante.“Creo que lo más tedioso es el rechazo. En Instagram puedo mostrar cuando vendí todo, pero la realidad es que más del 95% de la gente a la que le ofrezco me dice que no. Me ha pasado de volver muy tarde a casa, cansado, después de que me rechazaran todo el día, y aun así tener que ponerme a cortar los panes y preparar las cosas para mañana”, reconoció.Leé también: Tiene 24 años, es camionera y se irá 26 días de su casa para lograr el sueño de su vida: “Quiero darles una casa a mis hijos”A pesar de eso, insistió. Cuando vuelve a su casa, organiza el dinero junto a su hermano y separa lo que necesitan para comprar mercadería, invertir en el negocio y cubrir sus gastos. También llevan un registro del stock y de las cuentas. Después, Gonzalo se ocupa de editar los videos y generar contenido para las redes sociales, una tarea que conecta el emprendimiento con su costado creativo. Algunas jornadas terminan cerca de la medianoche o incluso más tarde.Esa cultura del trabajo, dijo, no nació con las hamburguesas. La aprendió de sus padres: su mamá es docente y su papá trabaja en construcción y herrería. De chico, veía a su padre seguir en el taller hasta la noche y a su madre estudiar después de cumplir con su trabajo.“Siempre nos dijeron que su techo es nuestro piso. Nos inculcaron la cultura del trabajo y nos enseñaron a salir adelante. Yo llegaba del colegio y veía a mi papá trabajando hasta las nueve o diez de la noche. También veía a mi mamá volver de trabajar y ponerse a estudiar. Creo que ver ese ejemplo influyó muchísimo en lo que hacemos hoy”, sostuvo.La familia también ocupa un lugar central en su manera de entender el proyecto. Gonzalo habla de sus valores cristianos, de la fe y de las personas que lo acompañaron cuando todavía no sabía cómo iba a conseguir el dinero. En ese camino apareció incluso una ayuda inesperada: una mujer de Palermo se contactó con él y le pagó la matrícula de la carrera.Ese aporte le permitió reservar su vacante en la Universidad del Cine. Ahora, el desafío es reunir el dinero para afrontar las cuotas y los gastos que implica estudiar. Sabe que todavía le queda un camino largo, pero ya no está en el mismo lugar que cuando escribió aquella nota en su cuaderno.“En cuanto al objetivo que tengo desde que arranqué el emprendimiento, de poder pagarme todas las cuotas, ya estoy un poco más cerca. Todavía me falta bastante, pero sigo adelante porque creo que esto me va a servir. Me quedan varios meses para juntar la plata y le quiero meter toda la onda con mi hermano”, aseguró.Por ahora, el cine convive con las planchas calientes, las conservadoras y las caminatas para ofrecer hamburguesas. Gonzalo todavía no sabe exactamente cómo hará para sostener los estudios, pero tiene claro qué quiere hacer con su futuro: contar historias. Mientras tanto, todos los días trabaja para que la suya también avance, paso a paso, hacia la pantalla grande.Fotos y video: Agustina Ribó.Edición: Facundo Leguizamón.
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