Todos tenemos dos opciones: estar llenos de miedo o llenos de amor. Durante mucho tiempo, Pilar creyó que el amor tenía un reloj. A los 20, pensaba que todavía tenía tiempo. A los 25, que ya llegaría. A los 30 empezó a preguntarse por qué a todas sus amigas parecía sucederles con tanta facilidad aquello que a ella siempre se le escapaba. A los 35 dejó de hacer preguntas en voz alta. “Hasta yo estaba cansada de escucharme”.A esa altura ya había aprendido a sonreír cuando alguien le preguntaba si estaba saliendo con alguien. “Estoy tranquila”, respondía como salida de un retiro espiritual. Era una frase cómoda. No decía que estaba sola. Tampoco delataba que le daba angustia estarlo. Mucho menos contaba el secreto que llevaba años guardando.Lee también: Tenía 37 años, se enamoró de un médico casado y quedó embarazada: la reacción de él le “partió el corazón”Pilar había tenido novios, sí. Había besado, se había enamorado, había esperado mensajes hasta la madrugada y había sentido esas mariposas absurdas que aparecen cuando alguien empieza a importar demasiado. Pero cada vez que una relación parecía acercarse a un lugar más íntimo, algo dentro de ella levantaba una barrera.No era falta de deseo. Era miedo. “¿Y después de eso qué?”, le decía su voz más temerosa: “Había guardado tanto mi intimidad que ya no sabía cómo salir de ahí. ¿Viste cuando hiciste dieta por tanto tiempo que te da cosa cortarla? Me pasaba eso: había pasado toda mi vida sin tener relaciones sexuales, esperando que llegara ‘el hombre indicado’. Sentía que, después de entregar lo más sagrado de mí, eso que jamás le había dado a nadie, me iba a quedar vacía”. Y en su camino de ida, la vuelta cada vez le resultaba más compleja. Pilar creció en una familia de clase media de La Plata. Era la segunda de cuatro hermanos y en su casa había reglas que nadie necesitaba escribir porque todos las conocían. Había temas que se conversaban y otros que no existían. El sexo pertenecía al segundo grupo.Su madre había sido educada de una manera estricta y había transmitido esa misma cautela a sus hijos. No había grandes discursos ni castigos. Era algo mucho más sutil: una mirada, una frase, una advertencia. “Hay que cuidarse”. “Los hombres a veces prometen cualquier cosa”. “Después vienen las consecuencias”. Así, Pilar creció asociando el deseo con el peligro.Cuando llegó la adolescencia, sus amigas empezaron a hablar de chicos, de besos, de fiestas y de primeras experiencias. Ella escuchaba. Se reía. Participaba de las conversaciones. Pero siempre sentía que estaba actuando. “Hasta a veces inventaba un poco para no quedarme afuera”.A los 17 tuvo su primer novio. Se llamaba Nicolás y era compañero del colegio. Fue un romance adolescente de esos que parecen eternos mientras duran y que después se recuerdan con una sonrisa. Iban de la mano, caminaban durante horas y se besaban escondidos en la plaza. Él quería avanzar. Una parte de ella también. Pero cada vez que las cosas se acercaban demasiado, aparecía la Pilar delatora, la que encontraba una excusa, la que “avisaba que algo malo puede pasar”. Entonces, tenía dolor de cabeza; estaba cansada; había que volver temprano; o no era el momento. Nicolás nunca llegó a entender del todo qué ocurría. Ella tampoco.La vez que más cerca estuvo de hacerlo fue a los 26 años, con un chico que le encantaba y que también parecía estar enganchado con ella. Porque el problema no era la conquista. No, Pilar tenía una fila de candidatos que querían conocerla. Y esta no fue la excepción, pero en medio de la sesión más ardiente de besos y algunos toqueteos perdidos, la Pilar traicionera salió a molestar: “No sé, me da cosa, ¿y después de esto qué?” Automáticamente el candidato se enfrió y la escena quedó ahí, con la frustración y el miedo más latentes que nunca.Llegaron otros hombres. Uno en la facultad. Otro en un trabajo de verano. El del curso intensivo de inglés. Un compañero de una amiga con quien tuvo una relación que duró casi un año. No fueron historias vacías. Siempre había vínculo. Con algunos se ilusionó. Con otros estuvo a punto. Pero siempre ocurría lo mismo. “La voz”, dice con un agotamiento que dan ganas de abrazarla fuerte.Cuando la relación empezaba a pedirle una intimidad que iba más allá de los besos, Pilar se llenaba de preguntas. ¿Y si después me deja? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si no sé qué hacer? ¿Y si se da cuenta de que no tengo experiencia? ¿Y si algo sale mal? Con el tiempo apareció otra pregunta, mucho más cruel: ¿Qué me pasa? “Primero pensé que había algo malo en mí. Y después lo confirmé: estaba rota”, relata con un aplomo que destruye de solo imaginar lo que estaba sufriendo. El problema no es lo que nos dicen nuestras voces; el problema es que les creamos solo a las negativas.A los 28, sus amigas ya hablaban de convivencias, casamientos y embarazos. Algunas incluso empezaban a divorciarse. Pilar, en cambio, seguía sintiendo que estaba parada en la puerta de una vida a la que no terminaba de entrar. “Me preguntaba si había llegado tarde a mi propia vida. No quería casarme ni tener hijos. Ni siquiera sabía si quería una pareja para siempre”, se sincera y suspira para largar la denuncia que más la conmueve: “Lo que me dolía era sentir que todo el mundo avanzaba por un camino que para mí parecía tener una barrera invisible”.Se concentró en el trabajo. Le fue bien. Muy bien. Estudió, consiguió un puesto importante en una empresa de tecnología y empezó a viajar. Hizo cursos, se compró un departamento y llenó las paredes de fotografías de los lugares que había conocido. Le daba orgullo que le preguntaran “qué hacés” porque tenía todo un currículum para desplegar. El problema era cuando el cuestionario giraba a lo personal: “¿Cuántos hijos tenés?” “¿Cómo? Tan linda e inteligente, ¿por qué no estás en pareja?” “Es que sos muy independiente”. “Estás sola porque querés”. Y toda una sarta de interrogantes que la hundían cada día más. Entonces el efecto contrario: el aislamiento. “Duele entender la poca empatía de la gente. Decidí no exponerme a las conclusiones ajenas, y la solución fue encerrarme”. Aunque a veces no le quedaba otra que socializar, y ahí, desde afuera, su vida parecía completa. Ella misma se encargaba de aparentarlo. En las reuniones con amigas escuchaba historias de parejas, separaciones y aventuras. A veces aportaba una anécdota. No siempre real. No inventaba grandes romances. Eran pequeñas mentiras. Un viaje que había compartido con alguien. Una cena que nunca había ocurrido. Un hombre que supuestamente había conocido durante unas vacaciones. Al principio lo hacía para evitar preguntas. Luego para evitar la vergüenza.A los 34, Pilar ya había perfeccionado el arte de parecer una mujer que sabía para dónde iba. Era irónico. Tenía una carrera, independencia económica, amigos, viajes y una seguridad profesional que muchas personas admiraban. Pero había una parte de su vida en la que se sentía adolescente.Una noche, después de una cena con amigas, una de ellas anunció que estaba embarazada. Todas comenzaron a abrazarla. Pilar también. “Me puse contenta por ella de verdad”, aclara con los ojos vidriosos. Sonrió, brindó y volvió a su casa sola. Se sentó en el borde de la cama y lloró. No porque quisiera tener un hijo. Ni siquiera porque quisiera casarse. Lloraba porque sentía que había pasado demasiado tiempo esperando que algo dentro de ella cambiara. “Necesitaba salvarme de lo que hacía conmigo cuando estaba herida”. Al día siguiente pidió turno con una psicóloga. La primera sesión habló del trabajo. Seguía disimulando frente a la profesional que, en definitiva, era mentirse a ella misma. La segunda, de su familia. La tercera, de sus relaciones. Durante varias semanas esquivó el verdadero tema. Hasta que una tarde su terapeuta le hizo una pregunta sencilla: “¿Hay algo de tu vida íntima que nunca hayas podido contarle a nadie?”Pilar se quedó helada, como si alguien la sujetara del cuello para obligarla a callar o a soltar, de una vez por todas, lo que llevaba guardando toda una vida. Respiró hondo. Y lo dijo. Por primera vez. “Soy virgen”. No había tenido la vida sexual que todos suponían. “Ni de cerca”. Y tampoco sabía por qué le costaba tanto permitírsela. Distinto a lo que imaginaba, el solo hecho de mencionarlo le provocó un alivio inmediato. Durante años había pensado que ser valiente era animarse a hacer aquello que todos los demás hacían. Ahora empezaba a descubrir que quizás su valentía estaba en poder decir aquello que más vergüenza le daba. Y vos, ¿en qué miedo descubriste que sos valiente?La analista no se sorprendió. No la juzgó. No le dijo que estaba atrasada. Le hizo otra pregunta: “¿Y vos qué querés?” Pilar no supo contestar. Había pasado tantos años pensando en lo que debía hacer que ya no sabía qué quería. “Juro que no lo sabía”. No hay nada más difícil que descubrir lo que uno quiere. Por eso, si lo sabés, ni lo dudes: andá por ello.Tenía 39 cuando conoció a Juanjo. Se conocieron un sábado de invierno, durante una actividad solidaria en un club de barrio. Pilar había ido con una amiga. Juanjo estaba arreglando unas mesas antes de que empezara una feria. Tenía 42 años, estaba separado y tenía una hija adolescente. No era lo que se dice seductor. Tampoco parecía interesado en demostrar nada. Eso fue lo primero que le llamó la atención a Pilar.Hablaron durante veinte minutos. Después durante una hora. Al final de la tarde, él le pidió su teléfono. “¿Te puedo escribir?” Pilar sonrió. “Sí, claro”. Y esa noche recibió un mensaje. “Me gustó hablar con vos”. Nada más. Pilar lo leyó varias veces. No había ninguna estrategia. Ningún juego. Ni tampoco una frase para impresionarla. Solo eso. “Me gustó hablar con vos”. Ella todavía no sabía que iba a recordar esas cinco palabras por el resto de su vida.Juanjo empezó a invitarla a salir. Café. Caminatas. Una película. Una cena en un restaurante acogedor. Conversaciones larguísimas dentro del auto antes de despedirse. Pilar estaba desconcertada. No estaba acostumbrada a que un hombre pudiera acercarse sin exigirle nada. “Seguro me quiere de amiga”, pensaba.Juanjo no parecía medir la relación en función de cuánto avanzaban a nivel físico. Tal vez porque todos traemos nuestras mochilas, y él también cargaba con lo suyo. No preguntaba. No presionaba. No hacía comentarios sobre sus silencios. Y eso, paradójicamente, hizo que ella empezara a relajarse.Una noche, después de cenar, quedaron sentados en el auto frente al río. Hacía frío. Pilar miraba las luces reflejadas sobre el agua. “¿Te pasa algo?”, preguntó él. Ella asintió. “¿Querés contarme?” Pilar dudó. Había llegado el momento que durante años había evitado. “Tengo miedo”. Juanjo esperó. “¿De qué?” Ella lo miró con la tragedia en sus ojos. “De que cuando me conozcas de verdad, no te guste lo que hay”. Él tardó unos segundos en responder. “Pilar, yo ya te estoy conociendo”. Fue una frase sencilla. Pero para ella fue como si alguien hubiera abierto una ventana. La paciencia es el amor vestido de gala.No hubo una fecha especial ni una escena de película romántica. Una noche más, la cena se extendió más de lo previsto y la conversación fluyó hasta tarde. Hablaban de la virginidad y de cómo Pilar sentía que había quedado afuera de la matrix. “Siempre es la primera vez”, dijo Juanjo, y ella sintió una caricia en el alma. De pronto, llegó un beso de un modo tan natural que ninguno quiso detener. Y justo ahí, por primera vez, Pilar decidió no escapar.No fue perfecto. Tampoco tuvo nada de mágico. Fue como suelen ser las primeras veces. Humano. Hubo nervios, torpeza, risas y silencios. Pero, sobre todo, hubo algo que ella no había conocido antes: tranquilidad. “Durante años había imaginado ese momento como una especie de prueba. Como si alguien fuera a entregarme una nota después y decirme si lo había hecho bien o mal. Pero cuando finalmente pasó, no hubo examen. No hubo puntuación. Solo dos personas nerviosas intentando encontrarse”.Al día siguiente se despertó y durante unos segundos no recordó nada. Después miró a Juanjo dormido a su lado. Y sonrió. No porque finalmente hubiera “cumplido” con algo. Sino porque por primera vez no sentía que estaba llegando tarde.La relación siguió. Juanjo conoció sus inseguridades. Pilar le contó parte de su historia. No todo de golpe. Primero algunas cosas. Después otras. Hasta que un día pudo contarle la verdad completa. Él la escuchó sin dramatismo. “¿Y vos pensabas que yo iba a juzgarte por esto?” Pilar bajó la mirada. “No sabía qué ibas a pensar”. Juanjo le tomó la mano. “Yo pienso que te costó mucho llegar hasta acá”. Fue suficiente.Con el tiempo empezaron a compartir una vida. No era ideal, pero sí real. Hubo discusiones por dinero, vacaciones y tareas domésticas. Hubo días malos, cansancio, silencios y reconciliaciones. También compartieron domingos de supermercado, desayunos largos, películas malas y noches en las que hablaban hasta quedarse dormidos. Pilar descubrió que el amor adulto no se parecía demasiado a las historias que había imaginado. No tenía música de fondo. Muchas veces faltaban las mariposas. Y otras era simplemente alguien que se acordaba de comprar el remedio cuando el otro estaba enfermo; alguien que esperaba despierto; alguien que sabía cuándo correrse y cuándo abrazar. Había encontrado un lugar donde lo cotidiano podía ser sagrado y lo sensible tenía lugar.Hoy Pilar ya no cuenta los años que pasaron antes de conocerlo. Cuando alguien le pregunta cuándo fue la primera vez que se enamoró, responde sin miedo: “A los 39”. Y si alguna amiga le pregunta por qué tardó tanto, ella se encoge de hombros. Durante mucho tiempo creyó que la respuesta estaba en su educación, en su familia, en los hombres que había elegido o en algún defecto secreto de su personalidad.Ahora piensa algo diferente. Quizás no había nada roto. Quizás había aprendido a tenerle miedo a una parte de sí misma. No reniega de la mujer que fue. De la que inventó historias, de la que escapó, de la que se escondió, de la que tantas veces pensó que estaba fallada. “Todas mis versiones fueron necesarias”, dice ahora convencida. Incluso aquella que durante años creyó que tenía que protegerse de lo que más deseaba. Y tuvo que llegar a una edad en la que ya no le importara tanto cumplir con las expectativas ajenas para empezar a escuchar lo que realmente quería. Ser siempre la misma persona es casi un insulto a todo lo que pasaste. Lee también: Se conocieron de la forma menos pensada y sus vidas cambiaron para siempre: ella se separó y él volvió a creer en el amorPilar no sabe si hubiera sido mejor conocer a Juanjo diez años antes. Ya no le importa. Porque hay algo que aprendió tarde, pero que ahora no olvida: el amor no siempre llega cuando creemos que debería llegar. A veces aparece cuando uno deja de mirar el reloj. Y, sobre todo, cuando entiende que no hay una edad correcta para enamorarse. En un mundo que constantemente te pide que te exijas, que te amoldes, que te achiques y que te adaptes, Pilar salió airosa. Porque éxito es ser vos cuando tenés al mundo al revés.Pilar había pasado años creyendo que estaba esperando al hombre indicado. Después descubrió que, en realidad, estaba esperando poder dejar de tener miedo. Y cuando pudo hacerlo, recién entonces estuvo lista para encontrarse con él. Porque el amor siempre conquista al miedo.-------------------------------------------------Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinskyAmores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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