Julián Weich no esquiva las palabras incómodas. Habla de la muerte, de la depresión y del dolor con una naturalidad que solo la consiguen quienes en algún momento de sus vidas sintieron la necesidad de parar. “A mí me dolía la vida”, dice, sin rodeos. Y en esa frase condensa uno de los momentos más difíciles de su historia personal.El conductor reveló que hubo un punto de quiebre que lo asustó: “El día que pensé ‘si me dan un botón para apretar y morirme, lo aprieto’, dije: esto es grave’”. Aclara que nunca pensó en hacerlo, pero ese pensamiento fue suficiente para pedir ayuda y empezar a entender lo que le pasaba.Leé también: Del bullying en su infancia al motivo por el que su hijo lo eligió: la historia más íntima y transformadora de José María MuscariDurante esos años, mientras atravesaba un cuadro de depresión, su vida pública seguía intacta. “Nunca dejé de trabajar, nunca dejé de aparentar que estaba bien”, cuenta. No por falsedad, sino porque su rol lo exigía: “Mi trabajo es el payaso de circo. Yo no puedo salir y decir que estoy mal. Tengo que hacer divertir”.Ese contraste —el éxito masivo y la depresión— marcó una etapa. En plena época de Sorpresa y 1/2, cuando el programa medía 30 puntos de rating, Weich reconoce que no la pasaba bien. “A veces la tristeza estaba en los momentos de mayor éxito”, admite.Con el tiempo, su mirada cambió radicalmente. Hoy habla de la muerte sin miedo: “Amo la muerte. Estamos aprendiendo a morir desde que nacemos”.Lejos de una visión fatalista, lo plantea como una toma de conciencia: saber que la vida es finita le quitó dramatismo a todo lo demás.“Yo vivo todos los días como si me fuera a morir”, explica. Y eso, asegura, modifica la escala de prioridades. “Los problemas son los de salud. Todo lo demás son inconvenientes”.Esa filosofía también impactó en su forma de enfrentar lo cotidiano. Dice que “hackea” su cabeza cuando se engancha en preocupaciones innecesarias y que aprendió a correrse de la ansiedad por lo que no pasó. No es inmediato, aclara, pero es un ejercicio constante.En paralelo, su búsqueda espiritual tuvo un rol clave. Sin imponer creencias, sostiene que cada uno encuentra su propio camino. En su caso, ese recorrido le permitió resignificar su dolor y entenderlo desde otro lugar.Pero hay un eje que atraviesa todo su discurso: la responsabilidad con los demás. Especialmente con los chicos. Weich contó que tuvo “una niñez horrible” —sin abusos, pero con sufrimiento— y que esa experiencia lo marcó profundamente.Leé también: David tiene síndrome de Tourette, dijo “tengo una bomba” en el aeropuerto y no lo dejaron volar“Pienso en todos los chicos que la están pasando mal y quiero hacer algo por ellos”, afirma. Y agrega: “El chico no tiene voz ni voto. Es responsabilidad de los adultos estar ahí”.Esa vocación se tradujo en acciones concretas como el trabajo como embajador de Unicef desde hace 34 años, el padrinazgo de dos jóvenes de Mozambique llamados Larcio y Jossías que llegaron a Argentina gracias al padre Juan Gabriel Arias para estudiar becados en la UCA. También en su rol como comunicador, en las redes sociales y en el magazine que conduce “Qué mañana” de lunes a viernes por El Nueve.“Trato de estar tranquilo de que lo que digo no solo me hace bien a mí, sino que le puede hacer bien a otro”, sostiene.Durante todos estos años, recibió devoluciones que lo impactaron. Una en particular lo marcó: alguien le dijo que, mientras sufría violencia en su casa, verlo en televisión - en el “Agujerito sin fin” -era “el aire” de su vida. “Es muy fuerte provocar eso”, reflexiona. “No voy a dejar de hacerlo sabiendo que puedo ayudar a alguien”.Hoy, lejos de una lógica del éxito constante, Weich asegura estar más conectado con el presente. “Soy más feliz ahora que cuando hacía 30 puntos de rating”. Antes, recuerda, vivía pendiente de lo que venía. Ahora, en cambio, se enfoca en lo que deja.“Estoy pensando en qué le estoy dejando a mis hijos”, resume.Cuando intenta definir qué le gustaría que la gente recuerde de él, no duda: “Que no me traicioné. Que sigo siendo el mismo”.
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