Su cara y su cuerpo están recubiertos por una fina capa de pelo de unos cinco dedos de largo y de color rubio oscuro más fina que la de una marta cibelina y de olor bueno si bien la cubierta de pelo no es muy espesa pudiéndose apreciar bien los rasgos de su cara”. Diplomático italiano en la corte francesa durante el reinado de Enrique II en el siglo XVI Giulio Alvarotto describía así al extraño personaje un chico de apenas 10 años que había llegado a palacio como un presente -así eran las cosas en esa época- que alguien le había enviado al soberano. Padecía de hipertricosis congénita lo que explicaba su rostro y cuerpo cubiertos de vello y provenía de una tribu de Tenerife. Fue todo un acontecimiento pero el monarca se interesó por ese chico bien educado que dijo llamarse Pedro González y de alguna manera se ocupó de su instrucción en un sentido amplio: lejos de la imagen de salvaje que muchos le endilgaban la criatura aprendió latín -considerada lengua de la aristocracia- y humanidades y recibió con el tiempo un puesto al servicio del rey reservado para los nobles de más alto rango. Pasó a llamarse Petrus Gonsalvus y Enrique II decidió concertarle un matrimonio. Así fue como se casó con una bella dama llamada Catherine del séquito de Catalina de Médici. Cuentan las crónicas que la chica se horrorizó cuando lo vio por primera vez pero por entonces las órdenes reales no se cuestionaban así que el matrimonio avanzó y con el tiempo Catherine descubrió que bajo esa apariencia se ocultaba un hombre amable culto e inteligente con el que terminó teniendo seis hijos y una apacible convivencia. La historia inspiró en 1720 a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve a escribir el archiconsagrado relato de La bella y la bestia que tendría 36 años después una versión más popular. No es casual que la narración haya atravesado siglos y generaciones y conmueva tanto hoy como entonces. Ser reconocido por lo que se es y no por lo que se parece; que lo que importe sea el fondo y no la forma es una aspiración genuina desde la noche de los tiempos. Desde entonces no hay tampoco corazón que no se encienda al ritmo de una verdadera historia de amor.



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