Mi amigo que a veces aparece a visitarme volvió después de largos meses. Tocó el timbre sin haberse anunciado antes por la puerta de calle como si se materializara en el palier. Así sonrió vestido de una forma elegante y anticuada. Lo que hacía más incongruente el morral de cuero gastado que le cruzaba el pecho.Me hice a un lado para dejarlo pasar y se dirigió sin dudar al sillón que daba al balcón. Fui a buscar las dos copas de cognac que compartiríamos sin decir palabra pero un leve carraspeo me hizo voltear. Con una leve reverencia sosteniéndolo con ambas manos me ofrecía un exquisito y caro brandy español. Fui a preparar dos generosas copas y volví para sentarme en el sillón contiguo. Al rato rebuscó en su morral y me ofreció un paquete de castañas de cajú. “¿Anacardos?” convidó. “Este hombre ha viajado” advertí.“¿Qué tal el viaje?” Lo pensó un momento. “Tuve problemas”. Lo alenté con la mirada. “No conseguía ver las ciudades que visitaba”. “¿Por?” “A veces entraba en un bar y entre los cafés de especialidad los alimentos sin gluten y las tostadas de aguacate no sabía si estaba en Glascow o en Estambul”. Asentí comprensivo. “Y cuando salía de esos establecimientos veía turistas. Turistas en su salsa de paseo compulsivo turistas con sus selfies y sus carry-on. Ellos eran el paisaje”. Le iba a señalar que él también era turista pero lo consideré mejor. “Así que se volvió” arriesgué. Me miró ofendido. “Me salvó la música” afirmó. Y siguió sin parar.Dijo que cada ciudad tiene su música. Incluso se puede convocar músicas diferentes en cada barrio en ciertas calles a diversas horas. Dijo que bastaba plantarse frente a una ciudad en determinado puente ante un edificio y verlos gracias a la música. Esa música limpiaba lo observado le devolvía brillo intimidad exclusividad. “La música sonaba solo para mí y lo que veía retomaba su magnificencia” concluyó. “Sin turistas sin decorados de cotillón”.“Llevaba audífonos supongo” arriesgué esperando una explicación sobre música seleccionada streaming digital esas cosas de la modernidad. Otra vez resopló ofendido. “Yo viajo con la música en la cabeza” me retrucó. Dijo que lo único que necesitaba era caminar dejar el ritmo de las pisadas subir por el cuerpo y enfrentarse al lugar donde estaba. A veces dijo bastaba mirar para que la música viniera y otras era la música la que lo hacía ver. En algunos lugares se guarecía bajo un lugar recoleto para que surgiera y en otros la música vibraba al aire libre moviendo nubes y árboles. Y otras no pocas necesitaba quedarse quieto hasta con los ojos cerrados.No sabía qué pensar. La belleza de las ciudades dijo la belleza se recupera con la música. Y no solo. También su aura su espíritu antiguo o actual. Cuando no lo lanzaba directo a lo que esa ciudad estaba llamada a ser. La música limpia la mirada afirmó.Me quedé en silencio. “¿Usted escucha música acá?” arriesgué. “Por eso vengo” afirmó.




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