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La enfermera que salvó a cientos de soldados en la Primera Guerra Mundial y dejó una frase inolvidable antes de morir fusilada

Edith Cavell dedicó su vida a cuidar enfermos y salvar oficiales de sus propias tropas y de las enemigas. Fue ejecutada en Bélgica y su muerte provocó indignación en todo el mundo.

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No era una espía, era una heroína. Pero los alemanes la fusilaron por espía y no por heroína. Y porque era mujer y la guerra era cosa de hombres, decían quienes ignoraban el rol de la mujer en las guerras, desde Esparta hasta hoy. El de Edith Cavell fue un destino torcido, breve y fatal, que había intentado tomar el rumbo de la pintura y el dibujo, el de las artes en general, en el hogar anglicano donde nació el 4 de diciembre de 1865 en Norfolk, Inglaterra. Sus ansias de conocer qué era lo que había más allá de su tierra cercada por el mar la llevaron a Europa cuando tenía veinte años y se largó a viajar por un continente que todavía sonaba amable, aunque ya se oía el metálico rumor de los sables y el zumbar lejano de los cañones.Gabriel García Márquez hace que su coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recuerde la tarde de su niñez en la que descubrió el hielo. Quién sabe si Edith pensó en sus propios años felices, mientras los fusiles prusianos apuntaban a su corazón que se había ensanchado frente a la Primera Guerra Mundial; aquella era una guerra destinada a durar quince días, según vaticinaban en los elegantes salones del imperio austrohúngaro, mientras sonaban valses de Strauss y tintineaban en los brindis las copas de cristal: duró cuatro años y provocó cuarenta millones de muertos, derrumbó aquel imperio de vistosos uniformes, dejó a los alemanes derrotados, en ruinas y rencorosos, y sembró la semilla de la Segunda Guerra.Lee también: La venganza de Hitler contra su general favorito: lo obligó a morir y después le organizó un funeral de EstadoLa breve historia de Edith Cavell dice que su padre, Frederick, la educó en los básicos principios religiosos: ayudar a los más pobres, socorrer a los desprotegidos, consolar a los enfermos. Cuando Edith se largó a recorrer Europa, recaló en Bélgica para ser institutriz de una familia francesa; después viajó a Austria para ser voluntaria en un hospital; allí encontró su vocación, la enfermería, salvar vidas, calmar dolores, acompañar a los que más lo necesitaban.Cuando enfermó su padre, volvió a Londres y trabajó en el London Hospital hasta la recuperación del pastor: era 1896 y Edith tenía treinta años. Ya era profesional y, entre sus especialidades, estaba la de ayudar a los bebés a llegar a aquel mundo volátil y peligroso. Regresó a Bruselas para trabajar en la Escuela de Enfermería y se ganó un nombre cuando ayudó a editar una revista: “La enfermera”. En 1907, la contrató un famoso cirujano belga, Antoine Depage, que además presidía la Cruz Roja de ese país; le confió el cargo de enfermera jefe del Instituto Berkaendael y la dirección de la Escuela Belga de Enfermeras Graduadas, que había fundado el propio Depage.Todo aquel mundo terminó el 28 de junio de 1914 cuando, en Sarajevo, un joven nacionalista bosnio de diecinueve años, Gavrilo Princip, asesinó a balazos al archiduque de Austria, Francisco Fernando, y a su mujer, Sofía, que estaba embarazada de su cuarto hijo. Fue la mecha que encendió la Primera Guerra. En menos de un mes, Alemania se enfrentaba a Rusia y a Francia en un conflicto de inusitada violencia al que se sumó Gran Bretaña. El drama de los Balcanes, Bosnia Herzegovina, Zagreb, Belgrado, Kosovo, entre tantos otros escenarios de la tragedia, proyectaría su sombra hasta 1995, cuando la Guerra de Yugoslavia estableció cierto orden en aquel laberinto étnico y religioso.Aquel mundo que en 1914 caía a pedazos ponía fin a una Europa trazada con dotes de celestina por la Reina Victoria, que había logrado enlazar a las grandes monarquías del continente. Nicolás II de Rusia y el kaiser Guillermo de Alemania eran primos. Y encabezaban sus amables cartas con un “Willy” de Nicolás a Guillermo, o con un “Nicky” de Guillermo a Nicolás. Ahora, Nicky y Willy estaban enfrentados a muerte en batallas que cambiarían también las tácticas, las estrategias y las maneras de matarse en los campos de batalla.Edith Cavell visitaba a su madre en Inglaterra cuando estalló aquel gran desastre que expandió el poder de la artillería, generalizó el uso de ametralladoras, implantó el uso de armas químicas como el gas mostaza y se peleó metro a metro, trinchera por trinchera. Cuando decidió regresar a Bruselas para atender la escuela de enfermeras, ahora en manos de la Cruz Roja, Edith ya había sido contactada por el MI6, el servicio de contrainteligencia británico fundado cinco años antes, en 1909.Si tuvo alguna misión como espía, nunca fue conocida; lo que sí hizo Cavell fue salvar las vidas de soldados aliados para que no cayeran en manos alemanas porque, el 4 de agosto de 1914, a poco más de un mes de iniciada la guerra, Alemania invadió Bélgica, que en 1830 se había separado de la protestante Holanda y se había convertido en una monarquía independiente y en un Estado tapón para frenar las eternas ambiciones alemanas sobre Francia.La orden de los invasores alemanes fue la de que todos los heridos en Bélgica, militares y civiles, fuesen evacuados de los hospitales para convertirse en sus prisioneros, lo mismo que los sospechosos de actividades antigermanas: es decir, la mayor parte de la población belga. La enfermera Cavell, ahora adscrita al MI6, se metió de lleno en una red que facilitaba la evasión de militares en peligro para que llegaran a Holanda, neutral en el conflicto. La red tenía dos cabeceras: la zona de Mons, en Bélgica, y las de Lille y Valenciennes, en Francia.Era un trabajo arduo y peligroso. Muchos soldados británicos habían quedado atrapados en la “bolsa de Bruselas” durante la veloz retirada de los aliados previa a la invasión alemana. Y lo que los alemanes pretendían era apresar a todos aquellos que estuvieran en condición de combatir e impedirles regresar a Inglaterra. La red de Cavell ocultó entonces a muchos fugitivos; los convirtió en falsos pacientes de los hospitales, les buscó asilo en casas amigas, incluida la suya, en espera de que otra red los rescatara y los pusiera en camino, muchas veces a pie, hacia Holanda. Mientras, Cavell siguió con su trabajo como enfermera y no hizo distinción entre heridos aliados o alemanes. Pero facilitar la huida a territorio neutral de los soldados aliados violaba la ley marcial dictada por los alemanes, que castigaba a quien fuese sorprendido “ayudando e instigando al enemigo”. Y eso era lo que hacía Cavell.Como era de prever, aunque nadie lo imaginó, su red de salvataje estuvo infiltrada por el espionaje alemán poco después de su nacimiento. El alto mando prusiano en Bélgica que había trazado un “mapa” del grupo, un quién es quién y qué hace cada uno en aquella banda de principiantes en el mundo siempre al borde del abismo de los espías. El 3 de agosto de 1915, a casi un año de la invasión alemana, la red de Cavell fue capturada; la enfermera y otras quince personas fueron apresadas y encerradas en la prisión de Saint Gilles: todos fueron sometidos a juicio sumario por un tribunal militar entre el 7 y el 8 de octubre. Cavell admitió todos los cargos en su contra; ni siquiera aceptó hacer un alegato en su defensa al que tenía derecho. El 11 de octubre la condenaron a muerte sin mencionar en las actas del juicio y sin tener en cuenta las vidas alemanas que Cavell había rescatado de la muerte. Su ejecución fue ordenada para cuatro días después. El silencio de la condenada admite dos opciones: o calló para no comprometer a otras personas, o aceptó su destino fatal con bíblica entereza.Lee también: Tenía 17 años, le dio la mano a Robert Kennedy minutos antes del asesinato y cargó con la culpa toda su vidaDos diplomáticos iniciaron una batalla contra reloj para salvarle la vida. Inglaterra poco podía hacer dado que Cavell estaba adscrita al MI6, como ella misma había admitido. Fue el primer secretario de la embajada de Estados Unidos en Bélgica, Hugh Gibson, el que se lanzó a evitar el fusilamiento de Cavell. Gibson era un joven de treinta y dos años que luego sería una figura importante de la posguerra como ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Polonia. El otro diplomático era el embajador español en Bruselas, Rodrigo de Saavedra, marqués de Villalobar, un militar y político que había representado a España ante Washington, París y Londres, donde bordó con hilo fino la intimidad de la boda del entonces rey de España Alfonso XIII con la princesa británica María Eugenia de Battenberg: de allí viene el parentesco entre las actuales casas reales de Inglaterra en manos de Charles III y de España en manos de Felipe VI. También ellos son primos.Gibson y Saavedra se plantaron ante el gobernador militar alemán del territorio belga, Oscar von der Lancken-Wakenitz, y le pidieron que salvara la vida de Cavell. Gibson luego relataría: “Le recordamos el incendio de Lovaina y el hundimiento del ‘Lusitania’ y le dijimos que este asesinato se uniría a esos dos sucesos e inundaría a todos los países civilizados de horror y disgusto”. Los dos diplomáticos no pretendían salvar a Cavell por lo que había hecho y confesado: intentaban convencer al alemán del daño que provocaría a su país el fusilamiento de la enfermera. Al mencionar la ciudad de Lovaina, Gibson y Saavedra le recordaron al alemán una matanza desatada por sus tropas en los primeros días de la ocupación en Bélgica. Y con la mención al “Lusitania”, hablaban del hundimiento del transatlántico frente a las costas de Irlanda, torpedeado por un submarino alemán el 7 de mayo de 1915, cinco meses antes de la dramática charla que los tres mantenían sobre el destino de Edith Cavell.Los alemanes mantuvieron su decisión de fusilarla. Rodrigo de Saavedra pidió entonces la conmutación de la pena de muerte o, al menos, su postergación. Gibson advirtió de nuevo cómo la ejecución dañaría la reputación de los alemanes: sabía ya, o lo intuía con precisión, que el hundimiento del “Lusitania” provocaría la entrada en la guerra de Estados Unidos. Todo sirvió de nada. Ante la posibilidad de más presiones internacionales y con mayores fundamentos, los alemanes decidieron apresurar la ejecución de Cavell: le anunciaron que sería fusilada al día siguiente de las gestiones febriles de Gibson y de Saavedra, 12 de octubre.Antes de enfrentar al pelotón, Cavell recibió en su celda a un capellán anglicano, Stirling Gahan, que reveló luego la entereza de aquella mujer que le dijo dos frases que el pastor nunca olvidó: “El patriotismo no es suficiente y no debo tener odio ni amargura hacia nadie. He visto la muerte tan a menudo que no es algo extraño ni temeroso para mí”. Edith Cavell fue fusilada al amanecer del 12 de octubre de 1915 en un terreno militar belga conocido como Tir National. Tenía cuarenta y nueve años.El embajador español Rodrigo de Saavedra exigió que fuese enterrada en el pequeño cementerio vecino al de la ejecución. El poeta alemán Gottfried Benn, que también era el médico militar de la prisión de Saint Gilles, que había presenciado la ejecución y había certificado la muerte de Cavell, escribió que nunca había visto una mujer de tanto valor; luego intentó sintetizar el drama con un axioma más vecino al territorio militar que al de la medicina y la poesía: “¿Cómo debe juzgarse el fusilamiento de Edith Cavell? Entró en la guerra y la guerra la destruyó”.En cambio, el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, fue de una simpleza brutal. Luego del fusilamiento dijo que la muerte de Cavell: “(…) fue lamentable, pero necesaria. (…) Consideren qué le sucedería a un estado, sobre todo en guerra, si permitiera que los delitos contra la seguridad de sus ejércitos no recibieran castigo alguno por haber sido cometidos por mujeres (…) Si se les perdona, se haría a expensas de la seguridad de nuestros ejércitos, pues hay que temer nuevos intentos de hacernos daño si se cree que los delincuentes no sufrirán ningún castigo o solo una pena leve”. Esas lluvias empezaron a elaborar un gran lodo que estallaría en Alemania, y en el mundo, menos de dos décadas después.Como preveía el joven embajador Gibson, la muerte de Cavell fue un escándalo. Los medios británicos y estadounidenses la juzgaron una muestra de la brutalidad y de la injusticia alemana; Cavell fue presentada como una figura heroica, inocente, fiel hasta el final a sus principios cristianos; su figura sirvió también como incentivo para que los jóvenes británicos se incorporaran al ejército y a la guerra. Estados Unidos entró a esa guerra a raíz del hundimiento del “Lusitania”.Cuando la Primera Guerra Mundial terminó, con la promesa de que jamás se repetiría, el cuerpo de Edith fue trasladado desde su tumba en Saint-Gilles hasta Londres, escoltado por tropas británicas; su funeral de Estado fue presidido por la familia Real y su cuerpo fue luego trasladado en tren hasta Norwich, donde por fin descansa en una zona llamada Life’s Green, junto a la catedral. El vagón que transportó los restos desde el puerto de Dover hasta Londres fue llamado “Cavell Van” y se exhibe hoy en la histórica estación de Bodiam, patrimonio del Ferrocarril de Kent y del East Sussex. En “Tir National”, la parcela vecina a la prisión de Saint Gilles, una placa recuerda a Cavell y a otras treinta y cinco personas fusiladas allí por los alemanes. Lee también: El dramático final de la joven casi ciega que quiso asesinar a Lenin y, sin querer, le salvó la vidaEl Reino Unido no olvidó a Edith Cavell. En el corazón de Londres, una enorme estructura de piedra la recuerda y cada 12 de octubre se cubre de flores. Se levanta en pleno Trafalgar Square, no muy lejos de la alta estatua consagrada al almirante Horatio Nelson y en el lado norte de la plaza, a un costado de la fantástica National Art Gallery y muy cerca de otra maravilla arquitectónica, la pequeña iglesia St. Martin in the Fields, que rinde homenaje a San Martín de Tours. Es una iglesia anglicana.La figura de Cavell, tallada en la piedra por George Frampton, destaca su figura delgada y recta, envuelta por una capa de mangas anchas y pliegues generosos que rozan sus manos de dedos largos que descansan al costado de sus ropas de enfermera. Sobre su cabeza de piedra se lee: “Humanity”. A los pies, se lee su nombre, la fecha de su muerte desdichada y aquella frase suya, previa a su fusilamiento, sobre el patriotismo y su falta de odio. Ese es su testamento.

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