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Reinhold Messner, el hombre que conquistó las 14 cumbres más altas del mundo y encontró en la montaña su mayor obsesión

Hace 40 años, el italiano se convertía en el primero en conquistar las 14 Ocho Mil. En el camino perdió un hermano, varios compañeros de expedición y tuvieron que amputarle seis dedos de los pies.

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Cuarenta años atrás un hombre fue el primero en alcanzar las 14 cumbres más altas del mundo, el primero en conquistar todos los 8 mil. Cuando el 16 de octubre de 1986, Reinhold Messner hizo cumbre, lograba una hazaña que muchos habían creído imposible. No le resultó sencillo, pero sí inevitable. En el camino perdió seis dedos de los pies, un hermano y varios compañeros de expedición.Messner probablemente sea el más importante alpinista de la historia. Sin dudas es el más famoso. Tiene muchos récords para mostrar, su nombre está registrado en varias páginas del libro Guinness. Sin embargo, la enumeración de sus impresionantes marcas nos dice muy poco de él. Detrás de ellas, en cada ascenso, en cada límite que empujó, está su esencia y la verdadera historia.Lee también: Carlos Soria, alpinista récord de 87 años: “Me despierto y todos los días hago ejercicio, mi cuerpo y mi cabeza lo necesitan”Hace un mes cumplió 82 años. Una cifra que en la actualidad no llama la atención. La longevidad es la norma de estos tiempos, pero no en este caso. El hecho de que Messner haya alcanzado esta edad es una especie de milagro, porque vivió enfrentando a la muerte, yendo en su búsqueda, midiéndose con ella.Enfrentar esos picos, los más altos del mundo, llegar a la cima y regresar para contarlo. Ese es el verdadero reto. Son 14 y están todos en el Himalaya.Medirse con la montaña. Domarla. Superar cada uno de los riesgos que ella te tiene preparados. Paredes imposibles, avalanchas, grietas, frío extremo, desprendimientos, falta de oxígeno.Esa fue la labor de toda su vida. Esa fue su pulsión.Reinhold Messner nació en 1944 en el norte de Italia. En su familia se hablaba alemán, aunque todos manejaban el italiano. Sus primeras montañas fueron los Alpes y las Dolomitas. Allí con su padre, su madre y sus hermanos entró en confianza con las alturas. Nunca tuvo un oficio, nunca estudió nada. Tampoco creyó que el alpinismo sería su medio de vida: eso no era, hasta su irrupción, una profesión. Todo lo que pretendía era algún trabajo ocasional que le diera la posibilidad de tener dinero para dedicarse a su pasión. Pero el alpinismo tomó todo su tiempo, energía y preocupaciones: su cabeza y su corazón.Escaló su primera montaña a los cinco. Era un programa familiar. A los pocos años él y su hermano menor Gunther se independizaron de sus padres y comenzaron a buscar nuevos desafíos. A los 22, Reinhold Messner se sintió preparado para enfrentarse al gigante. El Nanga Parbat. Uno de los 8 mil. Su primer 8 mil.Era una excursión grupal. Había un líder y dentro del equipo también estaba su hermano menor. El jefe de la misión decidió que Gunther Messner se quedara a 7 mil metros, respaldando a los otros. Reinhold partió primero. Gunther no resistió y desobedeció. Salió detrás de su hermano. En poco tiempo lo alcanzó Juntos llegaron a la cima.Menos de una hora después iniciaron el descenso. Las ráfagas de viento eran muy fuertes. El cansancio los abrumaba. La altitud y la falta de oxígeno los abombaba, les quitaba lucidez. Empezaron las alucinaciones. Había poca visibilidad.Reinhold cuidó de su hermano e intentó avanzar, pero equivocaron de camino. Él fue adelante para no hacerle tomar un camino erróneo a su hermano, para cuidar sus escasas energías. De pronto, en medio del silencio (un silencio puro, blanco, tenebroso), un ruido atronador que se multiplicaba, que se acercaba. Reinhold por pocos metros había evitado la zona del alud. Su hermano Gunther, de 20 años, no. Reinhold volvió a buscarlo. Todo fue infructuoso. El cansancio le impedía seguir, no sentía los pies por el frío. Se desvaneció. Se despertó algunas horas después. Estaba sorprendido por haberse despertado. Pensó que su final había llegado.En 1984, mientras intentaba otra hazaña (subir dos 8 mil a la vez, sin volver a base) fue filmado por el director Werner Herzog. El resultado es el estremecedor documental Gasherbrum, la montaña luminosa. A Herzog no le interesa tanto la hazaña física, no le interesa el alpinista en su tarea de escalar la montaña. Lo que muestra es el interior de ese hombre, su manera de pensar, bucea con su cámara y sus preguntas dentro de Messner.En un momento Messner está explicando esa excursión al Nanga Parbat. Es articulado, sólido y claro. Desmiente rumores y explica con solvencia y tranquilidad qué pasó ese día. Fuera de campo, Herzog pregunta cómo le informó a su madre de la muerte de Gunther. Messner pierde, en ese instante, toda compostura. Llora desconsolado, con ruido, se agarra la cabeza, no puede seguir hablando. El dolor lo atraviesa.Un año después de la muerte de su hermano, Reinhold, sin los seis dedos de los pies que había perdido en la primera excursión, regresa al Nanga Parbat. Busca a su hermano. Pero el intento es infructuoso. Recién luego de un gran deshielo, en los primeros años del Siglo XXI encontraron huesos que, tras un análisis de ADN, determinaron que pertenecieron a Gunther Messner. El lugar y las condiciones del hallazgo probaron que los dichos de Messner sobre lo que había sucedido en esa montaña eran verdaderos.Su segundo ascenso a un 8 mil también resultó fatídico. Dos de sus compañeros murieron en el intento. Eso lo llevó a tomar una decisión. No volvería a subir acompañado. De ahí en adelante él se enfrentaría solo a esas cumbres.La posibilidad de dejar todo, de olvidar las grandes alturas, no era viable. Nunca fue una opción para él. Necesitaba la aventura, el riesgo. Messner indaga sobre los límites, los busca, trata de correrlos todo el tiempo.Así cada vez probó nuevas formas. Ascender en soledad, sin tubo de oxígeno, por las paredes de mayor dificultad, abriendo nuevas sendas. El objetivo fue no quedarse con lo establecido, sino inaugurar posibilidades. Y extender su propio límite. No puede resistir el influjo, la fascinación que la montaña produce sobre él. Messner tiene internalizada la montaña. Pero no la que está escalando en un momento determinado, no una en particular. Tiene internalizada la montaña como entidad. Es por eso que más que por cálculo o conocimiento, muchas veces las decisiones las tomaba bajo la forma de la intuición, por un conocimiento ancestral. Y pocas veces se equivocaba.Lee también: Nació en un pueblo pobre de África, ganó el Balón de Oro y llegó a ser presidente a los 51 años: la historia de George WeahPorque, hay que tener en cuenta, que si bien batió muchos récords, si bien consiguió superar muchas barreras, en decenas de ocasiones fracasó, debió regresar sin haber cumplido su objetivo de llegar a la cumbre.Recién pudo conquistar alguna de esas cumbres en el cuarto intento. En alguna ocasión quedó a sólo 150 metros de la cima del Everest. Pero supo que debía volver, que de otra manera terminaría muerto. Siempre fue muy consciente de los peligros, de los riesgos que lo acechaban. A esa altura y bajo esas condiciones, comienzan las alucinaciones, el cerebro se aletarga, el aire escasea. Sin embargo él siempre supo cuando debía regresar, hasta qué punto debía empujar sus límites. No es suicida ni temerario.“Nunca tuve ganas de matarme. No es búsqueda de la muerte. Es algo muy distinto: es buscar los límites. Si alguna vez pensé en la muerte no fue escalando”, le dijo a Herzog en el documental.Más de la mitad de los mejores escaladores del siglo XX murieron intentando llegar a la cumbre de un 8 mil. Cayeron en la trampa de la montaña. No supieron reaccionar a tiempo, no se percataron, en la nube confusional de la altura y la falta de oxígeno, que a 8 mil metros de altura un hombre no reacciona de la misma manera. Messner sabe que escalar también es fracasar. En sus 31 ascensiones sólo accedió a la cima en 18.Muchas veces le preguntaron qué pensaba durante sus excursiones. La respuesta siempre fue similar: “No pensaba en nada”. Esa, siente Messner, es la gran ventaja de la montaña. Sólo se está en ella, con ella. Y ahí, también habita su peor peligro: la soledad. Una soledad que puede enloquecer, con una oscuridad que provoca temor, un pánico infantil incontrolable. La otra pregunta recurrente que Messner debe responder en las entrevistas es qué sentía cada vez que hacía cumbre, cada vez que llegaba a lo más alto de un 8 mil. “Que estaba muy cansado. Que quería volver a mi casa”, responde el alpinista.Cada vez que conseguía un logro se decía a sí mismo que era la última vez que lo intentaba, que ya estaba bien. Pero dos o tres meses después la fascinación por la montaña lo hacía sucumbir. Necesitaba medirse a sí mismo, encontrarse con su propia vulnerabilidad. Messner siempre fue un fanático, un adicto, un obseso del riesgo y de la aventura.Messner sostiene que escalar es, al mismo tiempo, un signo de degeneración mental y un acto creativo. Está convencido de que todos los que encaran tareas creativas están un poco locos, así que él no tiene por qué ser la excepción.Completó los catorce 8 mil a los 42 años, una edad límite. Pero cómo era de esperar no se detuvo allí. Buscó nuevas metas. Cruzó a pie la Antártida y luego el Desierto de Gobbi. La aventura tomaba nuevas formas. También se dedicó a la política en Italia.Esos retos diferentes ya estaban implícitos cuando en 1984 responde a la pregunta si se imaginaba sin escalar: “Me imagino caminando de un valle a otro. Sin dirección, por desiertos y bosques. Sin mirar atrás ni adelante. Hasta el fin del mundo, que no sé si es redondo o plano. Es un mundo que no termina nunca. Escalar no es tan importante. Caminar, caminar, caminar”.A Messner, locuaz cuando se trata de desentrañar su relación con las cumbres, prolífico autor de libros y generoso con las entrevistas, no le gusta hablar de su vida privada. El llano no es el ambiente en dónde mejor se mueve. Su vocación por la soledad complicó sus relaciones personales.Mujeres que lo abandonaron, que no quisieron compartirlo con el Himalaya, algún matrimonio fallido. Un segundo matrimonio más duradero con una mujer que organizó una gran aventura: todos los Messner, los siete hermanos sobrevivientes y los cuatro hijos de Reinhold, ascendieron al Nanga Parbat. Esa vez, en 2006, el objetivo del numeroso grupo familiar no era acceder a la cumbre sino llegar hasta poco más de los 4000 metros, establecer campamento, compartir la pasión del alpinismo y recordar una vez más a Gunther, el hermano fallecido.Su obsesión quijotesca no le permitió nunca lo fácil. El objetivo siempre está más lejos de lo que parece, siempre es más alto de lo que parece, siempre es más difícil de lo que parece. Se indigna con las nuevas generaciones y con las facilidades de la tecnología: “Una persona que escoge la ruta normal de un 8 mil, una ruta previamente equipada, acondicionada por otros, debe saber que no está haciendo alpinismo sino turismo. El alpinista va allí donde no hay nadie, allí donde no llegan los demás. Esa es mi definición de alpinista. El turista acude a aquellos lugares donde ya está montada una infraestructura que le permita alcanzar sus objetivos”, afirma ante los periodistas.Acaso la clave de este hombre que sigue escalando a los 82 -por supuesto alturas menos exigentes- no está en su notable condición física ni en su fortaleza mental, ni en su conocimiento del terreno. Posiblemente el don de Messner sea que sabe sufrir como ningún otro.Su especialidad fue encarar objetivos que nadie más consideraba razonables, en los que se jugaba la vida, que exigían habilidad, pericia, resistencia, disciplina. El suyo es un mundo regido por el riesgo, en el que mejor no adentrarse si no se cuenta con condiciones muy especiales. Pero al que él nunca pudo resistirse: la montaña lo imantaba.Lee también: El escritor que tuvo una vida más increíble que la de sus personajes: vendió 300 millones de libros, pero no pudo evitar la cárcel“Nosotros, los escaladores extremos nos adentramos voluntariamente en el infierno y decimos a todos los que nos critican: ‘Déjame en paz, es mi decisión, quiero intentarlo’. Y cuando regresamos, somos un pequeño grupo fuertemente unido, una especie de pandilla exclusiva, nos entendemos con una jerga, usamos un lenguaje propio… es decir, que nadie que quiera dárselas de escalador podrá nunca pertenecer al grupo, porque la condición de socio no se puede comprar o adquirir parloteando, sólo se puede vivir”, dice Messner en uno de sus libros de memorias oportunamente titulado Mi vida al límite.Reinhold Messner es un artista del límite, un funambulista de la montaña, empujado por una pulsión, cuya materia son la incertidumbre y el misterio.

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